jueves, 25 de agosto de 2016


Me lo entregó en la primera escena, junto con el collar de consideración. Y así como la cinta penetraba los agujeros del corsé, su esencia de Dominante penetraba en mi vida. Y avanzaba. Un agujero y cruzar al siguiente. Un día, cruzar al otro. Una escena, y cruzar un nuevo límite. Ajustaba la cinta. Apretaba un poco más. Me llevaba al borde del abismo para enfrentarme a mi propia entrega, pero yo sabía que no me dejaría caer. Su mano tensaba el corsé. Su inteligencia tensaba la escena hasta la voluptuosidad más extrema. Su Dominación me guiaba y me sentía segura a su lado.

Hasta que aquella noche me dijeron que se había marchado. En un segundo eterno, se había ido. Y lloré su partida. Y sigo llorando su ausencia, aunque siempre esté presente.

“Si algún día me pasa algo, olvidate de mí y seguí con tu vida”. ¿Cuántas veces me lo dijo? Muchas. Más de las que hubiese querido oír.


Hoy miro el corsé y me doy cuenta que dejó la cinta sin atar. Quizás haya llegado el momento de hacer un nudo, armar un moño y seguir adelante, con sus enseñanzas en mi mente y su imagen en mi corazón.

martes, 28 de junio de 2016


Por Amadeo Pellegrini


Siempre cabe una historia menor -más bien anecdótica-, dentro de una mayor. La historia que dio lugar a la otra trama, aconteció en una vieja y amodorrada aldea inglesa en el verano de 1938, -en vísperas de la Segunda Guerra-, en circunstancias muy especiales dentro del revuelo causado por la muerte a los 82 años del anciano vicario de la iglesia local que produjo agitación en torno al sucesor: el reverendo James, un apuesto joven soltero, aficionado a los deportes, de modo especial al tennis jugado en pareja con una de las más bellas feligresas.

No obstante, la tempestad que llenó de pavor a los habitantes se desató a partir de la muerte dudosa de la señorita Cordelia Martín, organista de la iglesia; dama soltera que se ganaba la vida con trabajos de costura, que, en la noche del  14 de agosto, pereció ahogada en el río. La rápida pesquisa policial resolvió el caso como muerte accidental. Dictamen que produjo malestar general en la población, provocando un diluvio de cartas anónimas, que dieron paso a otra dilatada y molesta investigación que concluyó con el descubrimiento y posterior suicidio del autor de los anónimos.

Al margen de esos hechos sucintamente consignados, aconteció el  episodio,  del que participaron como principales protagonistas, Sir Henry, un excéntrico caballero de Londres, aficionado a esclarecer casos policiales, alojado en el Lord Rodney,  uno de los viejos hoteles Túdor, remodelado por su propietaria, la señora Victoria Conklin, dama viuda próxima a la cincuentena, robusta, de buena presencia, afable, complaciente, algo chismosa, adornada además por otras condiciones. A la pareja se agregaba la señorita Marion Tyler, bella morena, sobrina soltera del ama de llaves de la vicaría, que cumplía funciones de secretaria del reverendo James; completando el grupo el vicario en persona, ajeno a  los hechos que siguen, aunque verdadero damnificado, como se verá.

El viernes 12 de septiembre la joven Marion Tyler traspuso la gruesa puerta del Rodney para encontrarse con la dueña del hotel.

-¡Oh querida, qué cara trae hoy!..-Exclamó la señora Conklin al verla- ¿Tan mal andan las cosas?... 

No era secreto en la aldea, mucho menos para la curiosa dama, que la bella muchacha languidecía de amor por el vicario y llegaba en busca de palabras de aliento

-Es que no sucede nada, señora Victoria, ni siquiera se fija en mi, pareciera que no existo para él, -murmuró la muchacha en su oído mientras la saludaba con un beso en la mejilla.

-¡Hum! -Masculló la mujer-. Venga querida vamos arriba, usted esta necesitando mis consejos. -Dijo con firmeza. Marion la siguió por la escalera hasta el piso superior.

En el pasillo que conducía a las habitaciones tuvieron lugar las exhortaciones que la muchacha escuchaba entre azorada y boquiabierta.

-Ocurre querida, que usted ha sido formada por su tía para profesar en un convento, tiene que abandonar todos los remilgos y  seducir… Escúcheme todos los hombres son unos zopencos creídos a los que tenemos que engatusar, ¿me entiende?...

-Es que James es una persona tan formal, tan considerado… -Objetaba Marión.

-¡Un cuerno! –respondió con énfasis la dama- Si es un tímido irresoluto, entonces hay que empujarlo y la mejor manera de hacerlo es excitándolo…

-¿Excitarlo?... ¿No entiendo?... ¿No sé cómo?... –Exclamaba confundida la joven.

-Escúcheme querida niña, es usted demasiado complaciente con él; estoy segura que usted está siempre pendiente de su clérigo para adelantarse a sus deseos… Ese es su gran error, no se olvide que el reverendo por religioso que sea ante todo es hombre y a los hombres hay que hacerlos desear y tenerlos inquietos siempre… ¡Siempre! –remarcó.

-¡Es que no veo cómo hacerlo desear! -Lamentábase consternada…

-¡Ay!... ¡Bendita sea, niña!... No sabe cómo hacerlo desear…¡Usted tiene todo lo que un hombre necesita ardientemente! ¿No lo entiende todavía?... ¡Caramba está llena de encantos femeninos que ya quisiera tener yo!... Mírese de cuerpo entero en un espejo, además de una cara hermosa tiene un busto apetecible, caderas armoniosas, piernas perfectas y sobre todo una hermosa popa, redondeada, tentadora, deseche esa horrible faja que la oprime e imprímale a esas dos masas el natural balanceo que enloquece a los varones… ¿Entiende hija?... o es necesario que se lo explique de otra manera…

En ese preciso instante un desprolijo Sir Henry apareció en el pasillo aproximándose a los gritos: ¿Todavía no han traído lo que pedí a la farmacia?...

-¡Sí! Lo han dejado en la recepción hará media hora… -Respondió la señora Conklin, mientras se inclinaba hacia delante fingiendo estirar las medias.

-¿Una maldita hora esperando ese remedio y lo dice tan fresca? -Vociferó el hombre junto a la mujer al tiempo que le descargaba una sonora palmada en el opulento trasero ordenando: ¡Marche a traerlo enseguida!...

-¡Ay! querido, no necesita ser tan brusco… Ya voy!...

Mientras la dueña descendía los escalones, sir Henry regresando a la habitación, rezongó: ¡Mujeres!... ¡Mujeres tienen que ser!... ¡sólo saben chismorrear!...

La dueña del hotel llamó a la puerta del cuarto 102 y cuando ésta se abrió colocó en la mano extendida de Sir Henry el paquete diciendo: 

-Aquí tiene su pedido, ¡Viejo cascarrabias!... 

Por toda respuesta recibió un fuerte portazo en las narices. Una vez hecha la entrega volvió con Marion, que roja de vergüenza ajena, protestó: ¡Dios mío! ¡Qué hombre tan atrevido y maleducado!

-¿Por qué, querida? –demandó con una sonrisa de pícara inocencia la señora Conklin.

-Por lo que le hizo. Es inaudito, un caballero que se permite… 

No pudo completar la frase; la interrumpió un burlón: 

-¡Pero querida! ¿Qué importancia tiene una palmada?

-¡Oh! No comprendo, cómo no da importancia a un acto tan desvergonzado e innoble.

-Queridita mía, ¿ve que usted no comprende nada? Los hombres se desviven por los traseros femeninos, los enloquece acariciarlos y también palmearlos. La palmada que acaba de darme Sir Henry es todo un elogio y expresión de inconfesables deseos… ¿Acaso no advirtió querida que fingí ocuparme de las medias para inclinarme y ofrecerle el trasero?...

-¡Ohhh! ¡No puedo creerlo! –suspiró Marion estallando de repente en risas que no tardaron en transformarse en carcajadas…

Ambas mujeres continuaban conversando en el pasillo cuando Sir Henry surgió vestido de manera
impecable. Al pasar junto a ellas, la señora Conklin lo detuvo diciéndole:

-Un momento, viejo presumido, lleva torcida la corbata. Antes de recibir respuesta se adelantó comenzando a enderezársela.

Liberado de la mano de la mujer, gruñendo y farfullando incoherencias, Sir Henry inició el descenso. Al llegar al pie de la escalera volviéndose hacia la hotelera con el índice alzado le advirtió: 

-Prepárese porque cuando regrese la sacaré de la cama para darle una azotaina por llamarme viejo  -recibiendo por toda respuesta la alegre risa de Victoria Conklin.

Atónita por lo que acababa de presenciar, Marion Tyler titubeando preguntó. 

-¿Cree que cumplirá esa amenaza? 

Sin dejar de reír, la dama repuso: 

-¿Le cabe alguna duda querida que ese viejo cerdo habrá de darme de azotes esta noche?... No se equivoque, lo hará… como hacía mi difunto marido que no dejaba de decirme: Victoria, si no fuera por tu culo hace tiempo que me hubiera divorciado de ti.

Marion dejó a su amiga con esta última frase repicando en sus oídos: 

-Recuerde querida, cuando logre que su clérigo le palmée el trasero habrá ganado la partida.

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El lunes 15 de septiembre, por la mañana, una radiante Marion Tyler besaba a Victoria Conklin murmurándole al oído: ¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí! Ante la interrogadora mirada de la hotelera la muchacha prosiguió: 

-El sábado James estaba escribiendo el sermón que pronunciaría el domingo, esperé que me pidiera el té. Después de dejar la bandeja, abrí la ventana, entonces una ráfaga de viento le arrancó los papeles del escritorio, yo me agaché para recogerlos… El se levantó del sillón vino por detrás y me aplicó un sonoro azote…

-Y usted querida no llevaba faja, ¿verdad? Preguntó la posadera.

-Desde luego que no, ni faja, ni otra prensa debajo de la falda como usted me enseñó…

-¡Ay! ¡Cuénteme querida! ¿Qué sucedió después?

-¡Ahhh! Me da mucha vergüenza decírlo, pero James me pidió en matrimonio. Quiere que nos casemos en diciembre después de la Navidad…  

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domingo, 8 de mayo de 2016

La lujuria es un vicio natural.
(Giovanni Boccaccio)


Introducción

Fue Evagrio Póntico quien en el año 375 D.C. calificó como “pecados capitales” a las peores tentaciones. Luchó toda su vida contra uno de los pecados más difíciles de superar: la lujuria. Siendo archidiácono fue amante de la esposa de un dignatario romano; luego, ya retirado en un monasterio en el desierto y sin ninguna mujer a la vista, seguía teniendo pensamientos voluptuosos que trataba –en vano- de evitar, poniendo su mano sobre la llama de la lámpara.

Tanto en la cultura judeo-cristiana como en la Islámica, Dios reina desde el Cielo y no tiene pareja, por lo que les es difícil celebrar la sexualidad.

La Tabla de la Ley o los Diez Mandamientos no hablan de pecado, pero indican las reglas o normas que los seguidores deben cumplir para no ofender a Dios. Dos mandamientos hablan en específico de la lujuria:

El sexto mandamiento: “No cometerás actos impuros”.

El noveno mandamiento: “No tendrás pensamientos o deseos impuros”.  

Lástima, porque cuando yo era pequeña y me enseñaban catecismo, el sexto mandamiento decía “no fornicarás”, y el noveno “no desearás la mujer de próximo”. Supongo que se dieron cuenta de que dejaban fuera actos como la masturbación o las fantasías sexuales, y que también nos daban a las mujeres la libertad de desear el hombre de nuestra prójima sin caer en pecado.

Por suerte para el mundo, existen culturas más abiertas. En la India, el acto sexual es una celebración y así lo demuestran en el Kama-Sutra -donde sexo y religión van unidos- se describen sesenta y cuatro posiciones o artes amorosas, además de los aspectos sagrados de la prostitución, el sexo en grupo, la homosexualidad y el sadomasoquismo.

En la cultura greco-romana, los señalizadores de fronteras y caminos eran gigantescos falos llamados Hermas, erigidos en honor a Hermes, el dios de la fertilidad.

El sexo era algo cotidiano entre los dioses del Olimpo. A Dionisio se lo celebraba con salvajes orgías rituales en los bosques. La palabra orgía viene del griego y en sus orígenes significaba “ritual secreto”.

Tanto en Roma como en Grecia, se tomaba al sexo como una experiencia sensual y no como tabú.

Quizás el más lujurioso fuese el imperio romano, y ningún lugar como Pompeya para demostrarlo por medio de sus dibujos, pinturas y grabados. Este imperio disfrutaba la sexualidad no solo en los prostíbulos y hogares, sino en calles, esquinas y baños públicos. Venus fue su diosa del sexo, la lujuria y la vanidad. Recordemos también que según la mitología greco-romana, la creación comenzó con la copulación de los dioses.

 
La religión cristiana, en cambio, siempre trató de desalentar la lujuria, incluso a través de los nombres. Su primera denominación como pecado, fue “El ansia desordenada del placer carnal”. Después se usó también fornicación, adulterio y tentación de la carne, entre otros.

Pero la lujuria apareció mucho antes, con la pareja que dio origen a la raza humana. Y eso me lleva al punto que quería tocar: la primera mujer que habitó la tierra. Las leyendas contadas acerca de ella por las diferentes culturas y religiones, tienen muchos puntos de coincidencia.

Durante la breve investigación que realicé, me puse a pensar cómo sería vivir en esos días en el supuesto Paraíso Terrenal, siendo la única mujer para el único hombre. A quién le interese la historia oficial podrá encontrarla en el Libro de Tobías, en el Talmud y hasta en la Biblia -aunque su aparición es muy fugaz-, pero si siguen leyendo encontrarán la otra historia, la apócrifa, la de esta autora.


LUJURIA EN EL PARAÍSO (versión apócrifa)

Pasaron cinco días desde el momento en que Creó Dios los cielos y la tierra… hasta que Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó… y atardeció y amaneció: día sexto…

Y entre medio creó el universo, la tierra y la naturaleza que la habita.

Sin duda, lo que más trabajo le dio fue el ser humano. Se pasó todo un día en esa tarea, porque la realidad es que no fue tan fácil ni tan rápido como está narrado en el Génesis. 
 
Parece que todo empezó con una idea que lo llevó a amasar polvo puro, y vaya uno a saber cómo, creó al primer ser humano, de sexo masculino, y le puso por nombre Adán. Lo observó y vio que su obra era buena. O creyó que lo era hasta que su obra comenzó a aburrirse.

Como no tenía nada para hacer porque todavía no se había inventado el fútbol y mucho menos la tele, Adán se sentó en el pasto y apoyando los codos en las rodillas, bajó  los brazos y… Sus manos tropezaron con una parte que le colgaba y caía, así que empezó a jugar manipulándola. ¡Y vio que el jueguito estaba rebueno! Eso reaccionaba, y cuanto más lo acariciaba más placer sentía. Sin proponérselo ni saberlo, Adán había descubierto la masturbación.

Tanto le gustó que no paraba de hacerlo y Dios comenzó a preocuparse. Fue entonces que dijo la famosa frase: No es bueno que el hombre esté solo. Así que recordando la fórmula que había usado para crear a Adán, la mejoró haciéndola más maleable y eso le permitió crear un cuerpo sinuoso, con curvas deliciosas y la cobertura final suavizada con vello casi imperceptible. Para el pelo se vino hasta el departamento de Rivera a buscar tierra colorada, y logró la primera pelirroja de la historia, con cabellos muy largos y ensortijados. Retocó el cuerpo: senos apetecibles, de buen tamaño, caderas amplias, vientre chato, culito respingón, cintura pequeña, extremidades largas y ojos seductores. Y miró Dios su obra y vio que estaba… ¡buenísima! Le puso por nombre Lilith y la dejó en el Paraíso junto a Adán, que seguía muy ocupado en sus cositas.
 
Cuando Adán la descubrió, pensó que era un animal muy bonito y siguió en lo suyo. La mujer, bastante decepcionada, se le acercó y trató de entablar conversación, pero sin éxito. El tipo pensó que ese animal nuevo lo estaba molestando y no le permitía concentrase en su labor, así que se alejaba apenas la veía venir.

A Lilith le gustaba divertirse fastidiándolo porque le hacía sentirse risueña. La chica tenía su cerebro colmado de pensamientos y deseos. De todo tipo. Quizás con la buena intención de que la especie se multiplicara para poblar la tierra, Dios le otorgó una gran facilidad para excitarse, así que no necesitaba mucho. Le bastaba ver jugar a Adán consigo mismo, escuchar aparearse a otros animales, bañarse en las frescas aguas del arroyo cercano… En otras palabras, era de las minas a las que cualquier transporte la dejaba en la puerta. Pero Adán no colaboraba. No quería o no entendía las insinuaciones de la dama, y es posible que no alcanzara la frecuencia con que sus servicios eran requeridos.

Lilith llegó a la conclusión de que su congénere, además de ser el único hombre en el Paraíso, era un pánfilo. Y por el momento ninguna de las dos cosas tenía solución.

El tiempo pasaba. Cansada de esperar, le hizo una zancadilla para demostrarle con hechos lo que se estaba perdiendo y una vez en el suelo, se le puso encima. Quizás por instinto Adán invirtió las posiciones. La hizo yacer debajo y así comprobó que estar con ella era mejor que sus juegos solitarios.


No pasó mucho tiempo sin que la hembra quisiera estar encima. Sin pedir permiso se montó sobre él y su panorama cambió. Esa posición era increíble: la brisa le acariciaba el rostro, podía abrir los brazos como las aves en pleno vuelo, tenía total libertad de movimientos, y el poder de apresurar o atrasar la explosión de Adán de acuerdo con sus propias necesidades. A partir de ese día no quiso regresar a su posición anterior, cosa que enfurecía al hombre.

En algún lugar del Firmamento, Dios entró en el séptimo día de Su Creación. Miró Su Obra, pensó que era buena y que después de tanto trabajo merecía un buen descanso. Es de suponer que llamó a un servicio de nubes transportadoras y se fue a un all inclusive en el Caribe. Playa, mar, sol, brisa, palmeras, una reposera y Él, con un mojito en una mano y un refuerzo de mortadela en la otra. Por fin le tocaba disfrutar sus vacaciones. ¡Y chau!

Mientras tanto, en el Paraíso…

-¿Por qué? -Preguntaba Lilith- Dame una buena razón por la que deba yacer debajo de ti. Los dos fuimos creados con el mismo polvo, así que somos iguales.

El verdadero carácter de la primera mujer comenzaba a manifestarse. Era rebelde, dominante, y tan segura de sus pensamientos como para no aceptar un mandato sin una razón valedera. ¿Y qué razón podía darle Adán? Ninguna que no fuera una orden arbitraria. Lilith se la estaba poniendo difícil y él no estaba en el Paraíso para que esta hembra le viniese a arruinar su vida. Aunque eso no era lo peor.

El único hombre en la tierra empezó a notar que la mujer era insaciable. Copulaban a toda hora, de día, de noche, con sol, con lluvia, antes de comer, después de bañarse, pero ella siempre quería más. Cuando no podía convencerlo lo tiraba al piso y lo montaba hasta hacerlo reaccionar. Como es lógico, Adán terminaba en la cúspide del placer carnal y una vez allí, el estallido era inevitable.

Por supuesto que no se quejaba de cuánto le hacía gozar, ni de la persecución para los encuentros repletos de lascivia. El problema era su desobediencia.

-Tengo que hacer algo –pensó tras quedar exhausto sobre el pasto-, no me deja otra opción…

+ + + + +


-Hola, papi Dios –oyó el Creador, que tenía los ojos cerrados para un bronceado más parejo.

-No puede ser -pensó Dios-. Mi hijo dilecto me viene a joder las vacaciones… ¿Qué carajo le estará pasando ahora?

-Dime… ¿qué problema te aqueja, hijo mío? –respondió sin mover su posición.

-Es la hembra que me diste, papi. Es Lilith –respondió.


-Pero, vamos a ver, Adán. Tienes todo para ser feliz. No pasas hambre, ni frío, no tienes preocupaciones y encima te di por compañera a una mujer deseable, hermosa, perfecta. ¿Qué más quieres?

-¿Que qué quiero? Pero… ¡papi! La hembra ya no me obedece, me persigue sin cesar solo para darme órdenes, se siente la dueña del Paraíso, se la pasa provocándome con que “el Creador nos ordenó que nos reprodujéramos” –dijo Adán queriendo imitar la voz y los gestos de Lilith-, y cuando lo estamos haciendo, ¡ella siempre quiere ponerse encima y no debajo como le corresponde, papi! Y esa fijación que tiene con el semen…¡Is too much, daddy! Y puedo seguir, porque déjame decirte que…

Dios, en un gesto muy suyo que nos heredó, miró hacia arriba como buscando paciencia en el Cielo, que era su casa, y deseando estar allí. Pero tenía que escuchar a Adán, que seguía dándole las quejas de Lilith.

-…protesta por todo: que si la fruta que recogí estaba muy madura, que la que llevé ayer todavía está muy verde, que al mediodía hace mucho calor, que de noche hace frio, que hay que cambiarle las hojas al lecho… ¡Me tiene repodrido, pá!

-Está bien… Déjame ver qué puedo hacer.

El Creador pensaba que debía ser justo y no hacer diferencia entre sus hijos, pero… Adán no era solo su hijo varón, ¡era su primogénito!

Mientras meditaba caminando por la orilla del mar vestido con sus bermudas floreadas, aceptaba ante sí que el primer modelito humano le había salido medio fallado, bastante pánfilo para ser más exactos. Su deber como Padre era proteger a su primogénito de aquella mujer tan hermosa, rebelde, ambiciosa, indómita y…

-…y se me fue un poco la mano con el apetito sexual que le di –admitió mirando el mar inmenso-. Yo solo quería que me hicieran abuelo. En fin. Tendré que hablar con ella y bajarle los humos porque seguramente pretenderá ser igual al primogénito. O superior, quizás. Y si sigue así, con el tiempo va a querer ser superior a mí, que soy su Creador. Tengo que hablar con ella.

Desganado, cambió las bermudas floreadas por la túnica de blanco resplandeciente, y se fue al Paraíso en busca de Lilith.

-Hija mía –dijo sentándose sobre una piedra-, tenemos que hablar. Adán me ha dicho que…

-¡Pero qué tipo chusma! ¿Con qué cuento te fue? ¿Te dijo que la única que hace las cosas bien soy yo? Porque te digo que si por él fuera, comeríamos fruta verde. O pasada. No hay caso, no entiende el significado de la palabra madura. Y cuando quiero que cumplamos con tu mandato de reproducirnos, se va. Y si lo persigo, no le gusta. Y cuando lo hacemos, siempre quiere que me ponga debajo de él. Adem…

-¡Silencio! –Bramó el Creador, haciendo temblar la tierra y paralizando la naturaleza- Lilith, Lilith… Tienes que comprender y aceptar que Adán es mi primogénito y tu obligación es obedecerlo en todo. Así que ya sabes. Y no se hable más del asunto.
 
Lilith le iba a responder, pero Dios ya había desaparecido.

Se sintió furiosa, relegada por el pánfilo de Adán e incomprendida por su Padre. Y comenzó a andar con paso ligero, parándose cada tanto para descargar su ira saltando sobre el pasto con los puños cerrados.

Es bueno aclarar que a esta altura de la historia, ya había pasado la revolución de los ángeles, donde los perdedores -o ángeles caídos- fueron convertidos en demonios. Como todas las creaturas de aquellos tiempos, nadie trabajaba, así que los demonios deambulaban por la tierra peleándose entre ellos, tratando de conquistar algún ángel para sus filas, o pergeñando cómo y con quién ejercer su mala influencia, aunque no hubiera muchas opciones.




El primero en pasearse por el Paraíso, fue Asmodeo, el demonio de la lujuria. Solía hacerlo al mediodía, la hora en que sus poderes alcanzaban el punto más alto. Este diablo, que tenía muchos pelo pero ni uno solo de tonto, comenzó a observar a los únicos animales hechos a imagen y semejanza del Creador. No tardó en darse cuenta de que Lilith sería su aliada, en cambio el pánfilo de Adán le contaría todo a su Papi.

La mujer no sabía que Asmodeo había presenciado a escondidas su charla con Dios. Cuando quedó sola, no tardó en reconocer la ira en su actitud. Sí, el demonio Amón sería el especialista en la ira, pero Lilith sería solo suya.

-¿Qué haces por aquí, mujer? –preguntó, con el sol en su cenit.

-No me hables. Estoy furiosa –le espetó, y pasó a relatarle su encuentro con Dios-. Te digo que si esto no cambia, me voy del Paraíso.

El demonio de la lujuria comenzó a alimentar los deseos de libertad de la mujer, contándole sobre lo bien que pasaría una hembra fogosa como ella en las orillas del Mar Rojo. Así que cansada de que el Creador prefiriera al pánfilo de su primogénito antes que a ella, decidió abandonar el Paraíso y encaminarse a ese lugar maravilloso de libertad sexual.

Cuando por medio de su hijo dilecto y de algún Arcángel chismoso, Dios se enteró de la huida de Lilith, su primera medida fue poner manos a la obra y crear a Eva, quien sería asentada de forma oficial en el Génesis como la primera mujer. La creó con una costilla que le sacó a Adán, y así salió: humilde, servicial, obediente, sumisa, con libre albedrío y… curiosa. Es que no existe el ser humano sin defectos.

Mientras tanto, en las orillas del Mar Rojo, la liberal Lilith llevaba una vida desordenada, licenciosa y llena de lujuria. O sea, perfecta. Su primer amante fue Samael, el ex Ángel de la Fuerza, que antes de rebelarse contra Dios vivía en el Séptimo Cielo –que aún no se había convertido en un hotel de alta rotatividad-, y tenía a su servicio millones de ángeles.

Luego de Samael estuvo con los diversos demonios que pululaban por aquel lugar de orgías y placeres carnales. A medida que la tierra comenzó a poblarse, Lilith se hizo adicta al semen del hombre. A través de los siglos los siguió visitando durante la noche, convertida en un súcubo de formas sinuosas y cabellos rojos. El esperma que caía fuera de la matriz de la mujer le pertenecía, sin importar si era producto de un sueño, del vicio o a causa de un adulterio. Esa simiente la preñaba y no dejaba de parir.
 
El Creador y Dios único, tenía presente la deserción de la primera mujer y decidió castigarla. Cien de sus hijos morirían al día y solo daría a luz lilims, demonios femeninos –como ella misma- también conocidos como súcubos.

En el Paraíso, Adán  seguía extrañando a Lilith, su primera mujer seductora y fogosa, la que jamás se dejó dominar.

Quizás por vengar a Adán, su descendencia masculina sacó, omitió y cercenó el nombre de Lilith de los textos sagrados porque ella, con su cuestionamiento, invitaba a la rebelión.

El pasaje de miles de años por el universo y por este planeta no la hizo desaparecer. Vivió y vive según sus reglas y siendo fiel a su naturaleza lujuriosa. 

 

domingo, 1 de mayo de 2016


“No se da ni cuenta que cuando la miro
Por no delatarme me guardo un suspiro
Que mi amor callado se enciende con verla
Que diera la vida para poseerla.

No se da ni cuenta que brillan mis ojos
Que tiemblo a su lado y hasta me sonrrojo
Que ella es el motivo que a mi amor despierta
Que ella es mi delirio y no se da cuenta.

La voz de Chiquetete sonaba en la vieja radio de la cocina. El rostro de Andrés estaba surcado de lágrimas. No sabía si era por ira, por dolor, por impotencia… Pero la letra de la canción “Esta cobardía” había sido escrita para él y para nadie más. Quizás él mismo se había metido en la cabeza de los autores (F.M.Moncada/P.Cepero) y les había dictado la letra describiendo perfectamente sus sentimientos y emociones cada vez que veía a la señora Amada.

Se dirigió con paso decidido a la alacena y sacó de allí los ingredientes: harina, sal, levadura en grano, azúcar. Puso agua fría en una jarra y la entibió con agua hirviendo. Su sangre también hervía, su mente bullía con todos aquellos pensamientos y el cantante no le daba tregua…

Esta cobardía de mi amor por ella
Hace que la vea igual que una estrella
Tan lejos, tan lejos en la inmensidad
Que no espero nunca poderla alcanzar.

Sí, su amor era cobarde, tanto que no le permitía decirle nada. Ella estaba lejos, tan lejos en aquella inmensidad que los distanciaba, tan lejos como él mismo la había colocado.

No se da ni cuenta que le concedido
Los cálidos besos que no me ha pedido
Que en mis noches tristes desiertas de sueño
Que en loco deseo me siento su dueño.

Andrés no quería sentirse ni ser su dueño, sólo quería servirla, amarla, estar a su disposición, pero… eso no era cosa de hombres. Él era un hombre, no un pelele que pueda ser dominado por una mujer.
No se da ni cuenta que ya la he gozado
Y que ha sido mía sin haberla amado
Que es su alma fría la que me atormenta
Que ve que me muero y no se da cuenta…”

Sí, su señora Amada tenía el alma fría como el hielo y él pensaba que lo ignoraba por completo. No le hacía caso, era algo inexistente para ella.
Sumido en sus pensamientos e incertidumbres, puso la levadura en una taza, un poco de azúcar para que reaccionara más rápido y colocó un poco de agua tibia para que la mojara. La puso sobre un costado e inmediatamente volcó la harina sobre la mesa. Una nube de polvo lo inundó y lo hizo volver en el tiempo, a aquella tarde que envuelto en otra nube de polvo llegó a la pulpería “De la Esquina”, de don Eustaquio Flores…

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Andrés estaba sin trabajo. Había ido a la pulpería porque allí era el centro de información, oficina de colocaciones, lugar de reunión y el sitio al que los hombres concurrían para todo: buscar empleo u ofrecerlo, dejar sus referencias, hacer amistades, compartir una copa de ginebra o aguardiente, jugar al “truco” dentro del recinto o a “la taba” afuera; hablar de mujeres, de ganado, de cosechas, y mil temas más.

Entre copa y copa recostado en el mostrador, se enteró por su amigo Román que se había vendido la chacra del viejo Casimiro, el que sintiéndose solo decidió irse a vivir a la ciudad con su familia y dejar el lugar donde había permanecido toda su vida hasta entonces.
-…la vendió barata porque estaba muy venida a menos –le contaba Román.
-¿Y puede saberse quién la compró?

-Una mujer. Pero ¡qué mujer! Es de la ciudad, pero no le hace asco a ningún trabajo. Es una tipa grandota, fuerte, robusta… Tiene un carácter muy jodido y está decidida a sacar la chacra adelante, y con el ímpetu que tiene seguro que lo logra. Se llama Amada Nosecuánto, y anda buscando un hombre que la ayude con los quehaceres del campo, pero nadie quiere ir porque hay mucho trabajo y poca paga. Pero si estás sin nada, por lo menos vas a tener casa, comida y algún pesito. Vos no tenés familia que mantener, así que mientras se viene la época de la yerra, capaz que te sirve –y apuró el trago de ginebra como para mojar la garganta que se le había secado de tanto hablar.

-Voy a darme una vuelta por “La Tacuara” y hablar con esta señora.

-Bue… te deseo suerte hermano. Dicen que no habla, solo ordena y no tiene pelos ni miramientos para decir las cosas. Es clarita como el agua, pero más dura que el acero y tiene la lengua afilada como su facón, que carga en su espalda como cualquier hombre de campo.

Andrés agradeció la información de su amigo con una franca sonrisa y un apretón de manos.

-Don Eustaquio, -gritó antes de marchar- sírvale una copa aquí a mi amigo. Y me anota todo. Estoy seguro que le pagaré mi deuda antes de lo que imagina.

-¡Pero cómo no Andrés! Vos tenés el crédito abierto. Andá tranquilo nomás.
Desató a su caballo, un overo de paso elegante y galopar seguro. Se montó y salió al trote en dirección a “La Tacuara”.

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Salió del rancho para prender el fuego del horno de pan. Lo limpió concienzudamente y le acomodó la leña que estaba preparada debajo, resguardada de la lluvia. Le puso unas ramitas bien secas y le arrimó el fuego. Se quedó mirando el danzar de las llamas cuando recordó que había dejado la levadura en remojo. Tapó el horno para que no perdiera el calor y entró a la cocina. La levadura ya había levado, así que la volcó sobre la harina a la que ya le había puesto la sal. Sus hábiles manos comenzaron a trabajar los elementos. Un poco de grasa vacuna le ayudaba a manejar mejor aquella masa. Pero no pensaba en eso, sino en el primer encuentro con la señora Amada…

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La puerta de la tranquera estaba abierta, así que decidió entrar. Un camino hecho por el tránsito de la gente, los animales y vehículos pasando durante años por el mismo lugar, había dejado sin pastura dos sendas paralelas que terminaban en la casa. Sobre el costado derecho se veía el motivo del nombre de la chacra: un plantío agreste de cañas de tacuara. A la izquierda el corral de los animales. Algunas vacas pastaban distraídas sin darle importancia a las visitas. Un perro cimarrón salió a su encuentro ladrando desaforadamente, pero Andrés se mantuvo tranquilo y lo miró sin decir palabra. El perro cambió su ladrido y comenzó a caminar al lado del caballo.

Al apearse, el perro se acercó moviendo la cola y con la mirada le suplicó una caricia. El jinete sonrió y se la regaló, rascando su cabeza y pasando su mano por el lomo del animal. Luego, seguido por el cimarrón, caminó con mirada escudriñadora todo el lugar.

La casa necesitaba algunas reparaciones. El techo era de chapa y se veía que con un soplido de viento volaría más de una. Otras de la chapas estaban en pésimas condiciones, con agujeros que se notaban a simple vista, lo que hacia que se filtrasen humedades. Las paredes pedían pintura urgente. La empalizada tenía algunos lugares a punto de caerse. Al estar roto el alambrado del gallinero, las gallinas estaban sueltas y podrían escaparse por la tranquera. Una de ellas, con una fila de pollitos detrás, corría en busca de alimento seguida por sus crías. En tanto un gallo de riña alto, espigado y con un cogote larguísimo se paseaba entre el resto de las aves con gesto altanero.

La porqueriza estaba también en malas condiciones, aunque todos los animales se veían saludables y bien atendidos.

-¡Alto yegua, aaaaaalto! –gritó una voz femenina a sus espaldas. Al sentir el galope apenas le dio tiempo de moverse e impedir que el animal lo atropellara. Un potrillo la seguía de atrás –La tranquera está abierta, se me vaaaaaa…

Cuando la mujer llegó a la puerta de la casa vió un jinete salir al galope tras su yegua, que había huído por la tranquera y ganado carretera. Las patas herradas del overo retumbaban en el suelo seco. Por suerte para Andrés, la yegua llevaba puesta las riendas, por lo que le resultó más fácil dominarla. Una vez que la calmó, retorno con ella hacia la chacra, bajo la atenta mirada de la dueña.

“Qué tipo más buen mozo”, pensó. “Qué bien me vendría alguien así para levantar este lugar”.

Andrés tenía unos treinta y pocos años. Hombre de campo, curtido por el sol y las tareas al aire libre. Tenía la piel tostada, un físico joven y modelado por el trabajo, no por las pesas de los clubes deportivos. Su rostro a lo lejos se veía oculto por el sombrero, tenía el pelo castaño claro y montaba como un jinete experimentado. Realmente sabía lo que hacía.

Se desmontó de su pingo sin soltarle las riendas a la yegua. Se acercó a la mujer, y allí ella pudo apreciar su rostro angular, la nariz un poco achatada, los labios gruesos y sensuales, y los ojos enormes, risueños, con mirada bondadosa y acariciante color caramelo. Ella que era una mujer alta, tuvo que alzar la vista para mirarlo directamente a los ojos.

-Aquí tiene su yegua señora –la fijeza con que ella lo estaba mirando lo turbó. Se sonrojó levemente y en voz baja le dijo- Le sugiero que de aquí en más la ate cuando no la esté usando o la deje fuera del corral.

¿Por qué no podía sostener la mirada de esa mujer? Había logrado ponerlo nervioso y eso lo turbaba aún más.

-Estaba dentro del corral, pero encontró un lugar que estaba roto y saltó por allí. De todas formas gracias por atraparla. Ahora… ¿se puede saber qué desea?

-Mi nombre es Andrés Vergara. Estoy sin trabajo en este momento y me dijeron en la pulpería de Don Eustaquio que usted andaba en busca de trabajadores.

-Quítele el plural. Busco uno solo y no porque no necesite varios, sino porque no puedo pagar más que uno. Ofrezco casa, comida y mucho trabajo. No tengo dinero para pagar sueldo hasta dentro de un mes que recibiré un dinero de la capital. Y quiero que me diga ya mismo si acepta y cuánto quiere ganar.

-Acepto señora. El sueldo lo dejo a su consideración. Deme un mes y le probaré lo que rindo. Usted verá cuánto me paga en ese momento, ¿le parece?

Amanda le estiró la mano para sellar el pacto. El apretón fue fuerte y seguro por ambas partes. Cuando ella giró y le dio la espalda, Andrés la miró detenidamente. Tendría unos 40 años, aproximadamente. Realmente era una mujer corpulenta, alta, grande. Sin embargo era extremadamente femenina en sus gestos, movimientos y con un cuerpo agradable en sus redondeces. Sin duda que Rubens se hubiera enamorado de ella. Vestía una camisa un par de talles más grandes de su tamaño, un pantalón ajustado que marcaba sus generosas curvas y unas botas de media caña que habían conocido mejores épocas. Tenía el pelo oscuro y largo, tirante y atado en un coqueto moño. Bueno… al menos había sido coqueto cuando se lo hizo en la mañana. A esa hora de la tarde ya caían mechones por todos lados y el sol, moribundo, aprovechaba para resplandecer un rato más en sus cabellos.

De repente se detuvo.

-Andrés, deje sus pertenencias en la puerta de la casa. Luego lleve los caballos al corral, aliméntelos y vea si puede arreglar provisoriamente la parte rota de la cerca. Después venga a la casa. Yo en tanto voy a cerrar la tranquera, guardar los pollos y prepararé algo de comer. Dese prisa.

-Sí señora –no pudo decir otra cosa. La voz firme y enérgica de Amada le imponía respeto. No miedo, pero sí respeto.

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Todos los ingredientes estaban unidos y la masa estaba muy pegajosa aún. Comenzó a sobarla y siguió recordando. Más de una vez golpeó la masa con furia contra la mesa de madera. Es que… traer a su mente ciertas escenas lo llenaban de ira. Como aquella vez cuando…

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-¡Andrés, carajooooooo! ¿Cuántas veces quiere que le diga que tenga su cuarto ordenado? Yo no soy su sirvienta, más bien que es al revés. Lo estoy alimentando y dándole un techo en mi propia casa. Lo menos que puede hacer es mantener el orden y la limpieza dentro de ella.

Odiaba que lo rezongara, pero al mismo tiempo sentía algo que no podía explicar. La mayoría de las veces deseaba que ella lo retara, pero al mismo tiempo no le gustaba ser tratado como un niño. Él trabajaba muy duro, durísimo. En un par de semanas había convertido aquella chacra en un lugar habitable. Por supuesto que ella trabajaba a su par. Se levantaba temprano y se acostaba después que él, pero era muy exigente con la higiene y el orden, y eso era algo a lo que no se podía acostumbrar. Antes que “perder tiempo” en arreglar el lugar donde dormía, prefería salir a trabajar fuera de la casa. ¡Había tanto para hacer!

Algo que Amada le recalcó varias veces fue el techo de la casa. Había ido expresamente a la pulpería de Don Eustaquio a encargarle las chapas, y estaban allí desde hacía dos días; la señora aprovechó el viaje del cobro del dinero de la capital que estaba esperando, y compró lo necesario para el cambio de chapas del techo de la casa. El día anterior había terminado de arreglar el gallinero, que era otro trabajo que venía posponiendo. Cuando terminó era pasado el mediodía. Aquello le había tomado más trabajo del que había imaginado, así que inmediatamente se puso a trabajar en el techo y continuó al día siguiente. A la hora del almuerzo Amada le dejó saber su preocupación por el techo.

-Dicen que se viene una tormenta muy fea Andrés. Supongo que entre el día de ayer y esta mañana habrá trabajado en eso, no?

Se le atragantó el guiso en la garganta. Carraspeó y moviendo los fideos, verduras y carne en el plato, con la mirada fija en ellos, contestó:

-Bueno… la verdad es que ayer… terminé el gallinero. Pensé que me iba a llevar poco tiempo, pero se me complicó y me tomó toda la mañana.

-¿Cómo que el gallinero? Andrés, traje ayer las chapas con toda urgencia para hacer el techo… No entiendo… ¿qué criterio usó usted para decidir dejar el techo para después y terminar el gallinero?

El hombre se sintió avergonzado, con ganas de que la tierra se abriera a sus pies y lo tragara. Quería desaparecer de la mirada dura de aquella mujer, que por otra parte, tenía toda la razón… Se levantó de la mesa dejando el plato servido.

-Con su permiso señora -y se dirigió a la puerta. Amada no le respondió.

Los rayos del mediodía calentaban de manera implacable la espalda del joven. En pocas horas se vendría la noche y no podría trabajar por la falta de claridad. La tirantería estaba en buenas condiciones, pero debía trabajar con cuidado de no caerse. Ya tenía terminado más de la mitad de la casa, pero aún le faltaba mucho. ¿Cómo había sido tan torpe? ¿Cómo no se había dado cuenta de la importancia del techo comparada con el gallinero?

El sol se desangraba en el horizonte y Andrés continuaba clavando chapas sin cesar. No iba a poder terminar y la tormenta se avecinaba. Optó por tratar de clavar lo mejor posible la parte que no pudo cambiar. No le estaba saliendo bien, no podía ver casi nada, estaba trabajando más al tanteo que por vista. Las primeras gotas de lluvia mojaron su espalda…

-Andrés, baje de allí inmediatamente. Está comenzando a llover y ya no se puede hacer nada –le gritó mientras Andrés seguía trabajando- ¿Pero está sordo o qué? Le dije que bajara! Además del agua hay rayos, relámpagos… Yo ya guardé los animales, así que deje eso y baje de una vez. ¡Obedezca!

El hombre la miró desde la altura del techo. Bajó la cabeza, recogió la herramienta y bajó. Luego de guardar todo en el granero, cerró la puerta y bajo una densa lluvia caminó lentamente hacia la casa. De vez en cuando un relámpago iluminaba todo el lugar. El cimarrón lo esperaba en el porche, moviendo la cola. Andrés estaba empapado, el agua le corría por todos lados. Entró a la casa.

-Puede ir a bañarse –le dijo Amada- Aquí lo espero.

Salió del baño vestido, con olor a jabón y el cabello húmedo. Se veía tan… sexy!

-Venga a comer, Andrés. Estuvo todo el día trabajando y ni siquiera almorzó. Siéntese y coma… La tormenta es más grande de lo que imaginé. Y el viento sopla fuerte. Por suerte pude guardar todos los animales. El cimarrón tiene suerte: esta noche dormirá dentro.
-No pude terminar –contestó él apesadumbrado.

-Hizo lo que pudo. Y va a pasar lo que tenga que pasar. Ahora cálmese y coma.

No era una sugerencia, era una orden. Cuando Amada quería ser firme, a nadie le cabía la menor duda, y Andrés no era la excepción. Se puso un bocado de comida en la boca pero se le hizo difícil tragarlo. Se sentía culpable, sentía que le había fallado a la mujer que amaba, que había confiado en él y eso lo ponía mal. Sin decir palabra se levantó y se arrimó a la ventana. Afuera la lluvia caía copiosamente, apenas si dejaba ver algo. Algún rayo de vez en cuando rasgaba el cielo, y el viento era cada vez más fuerte…

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La masa estaba amasada y sobada lo suficiente. El recordar aquella noche lo había puesto mal y había descargado toda su furia en el amasado. Espolvoreó un rincón de la mesa con harina, tomó la masa, hizo un enorme bollo con ella y la colocó encima. Luego la cubrió con un lienzo; ahora debería esperar a que levara, que doblara su volumen, que creciera.

También había ido creciendo el viento aquella noche. Su mente volvió a viajar y el recordar el ruido que produjo la primera chapa al volar por los aires, lo estremeció. Su memoria recordó como Amada salió corriendo para el fondo de la casa, hacia el cuarto donde guardaba las semillas y otras cosas que hacía poco había comprado en la agropecuaria.

Cuando iba a abrir la puerta, Andrés la agarró por la espalda y se lo impidió.

-Señora Amada… no abra esa puerta, por favor.

-Es que se va a mojar todo. Los granos, las semillas, el alimento de los animales… no tengo dinero para comprar más.

-Lo sé señora, lo sé… Pero con el viento que hay, si abre la puerta entrará el viento aquí, se embolsará y levantará el techo. En la parte que pude hacer de la casa me aseguré de dejar bien seguro lo que colocaba porque imaginé que podría pasar algo así.

Amada soltó el pestillo de la puerta.

-¡Suélteme! –le dijo en un tono severo y con dolor- Esto no hubiera sucedido si no fuera por su ineptitud. Tendremos todas las gallinas a salvo, pero no podré sembrar nada… ¡por su culpa!

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Amada salió corriendo dejando a Andrés con la vista en el suelo, desolado; se dirigió a su habitación y cerró la puerta. Caminaba de aquí para allá mientras sentía volar parte de su casa, esa casa y ese lugar que había comprado con tanto esfuerzo. Se sintió impotente, sola, con el peso del mundo a sus espaldas. Tanto esfuerzo, tanto dinero gastado… ¿para qué? Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro; lloraba de impotencia, de bronca, de rabia contenida. El viento seguía acechando y entre el cansancio y las fuertes emociones… se durmió.

Las primeras luces del día la despertaron vestida y tendida sobre su cama. Salió al porche y vió el desastre: al final, no había sido tanto como imaginaba, pero había chapas amontonadas en un rincón. Seguro que Andrés las había colocado allí. Se dirigió a la habitación del fondo a ver el estado de sus granos y semillas. Al abrir la puerta, comprobó que todo estaba bastante bien. Su idea de tapar todo con plástico y ponerlo en un lugar alto había dado resultado. Fue muy cuidadosa con todo, pero la noche cuando Andrés no la dejó entrar, estaba convencida de que la protección se había volado y había perdido todo. En realidad, lo único que se había arruinado eran unas bolsas con material de construcción que no tenía tanto valor. Respiró y miró hacia arriba. Andrés habia hecho un excelente trabajo, las chapas voladas serían unas 6 o 7 solamente. Ahora prepararía el desayuno y luego a trabajar otra vez.

Al pasar por el cuarto de Andrés, le llamó la atención la cama sin ropa. Entró. No había nadie allí y tampoco estaban las pertenencias del joven, sólo un sobre encima de la mesa de noche con su nombre manuscrito en el frente: “señora Amada”. Al abrirlo encontró todo el dinero que ella le había dejado el día anterior, la paga por el mes de trabajo. Comprendió que Andrés se había marchado…

Con el sobre en la mano se dirigió a la cocina, preparó el mate y se sentó a la mesa. Abrió el sobre, desplegó las hojas y leyó:

“Señora Amada,
O quizás debería decir amada señora…
Soy un hombre de campo, rústico y alguien que sabe apenas leer y escribir, por eso seguramente encuentre usted errores en esta carta, pero no en mis sentimientos.
Desde el día en que llegué y usted me permitió quedarme, me dio techo y comida, amistad y un poco de afecto, me hizo sentirme perteneciente a este lugar. Por eso trabajé con tanto ahínco y ganas, porque consideré esta casa mi hogar, aún sabiendo que no lo era.
Todo el trabajo y esfuerzo que realicé en este mes, se lo llevó la tormenta de ayer. Yo lo arruiné todo, todo lo que hicimos en este tiempo, el dinero que usted invirtió se mojó y se fue con la lluvia.
Tenía razón cuando me llamó inepto. Lo fui al poner el gallinero por encima del techo de la vivienda.
No sé cuánto habrá perdido. Supongo que todo el dinero que me pagó, más de lo que merezco, no cubrirá casi nada, pero es todo lo que tengo, por eso se lo dejo. Le dejaría también mi caballo, pero lo necesito para trabajar. Esta mañana antes de partir quise entrar al cuarto del fondo, pero no me animé ni a mirar.
Señora Amada, amada señora… me voy con mucho más de lo que vine, porque me llevo en el corazón este enorme amor que siento por usted. Se lo estoy diciendo ahora porque sé que no la volveré a ver jamás.
Gracias a usted ahora sé qué es estar enamorado. Ahora sé qué es beber los vientos por el amor de una mujer, pensar en ella cuando logro dormirme después de horas de insomnio cuando no me la puedo sacar de la cabeza. Que sea la primera imagen cuando me despierto y vestirme de apuro para poder verla en la cocina, caminando de un lado a otro mientras prepara el mate. Puedo besar sus labios cuando pongo los míos en la misma bombilla (utensillo que se utiliza para beber el mate) que ella tocó con los suyos.
Ahora sé lo que es conformarse con aspirar su perfume cuando pasa a mi lado, mirarla, desearla, tomar algo de su mano para sentir la tibieza de su piel… Pero también sé que es inalcanzable para alguien como yo, que solo supo hacerle daño y dejarla casi arruinada. Por eso, mi amada señora, he decidido marchar.
Ojalá que algún día pueda perdonarme. Le deseo lo mejor. 
Hasta siempre, hasta nunca...

Andrés”

-¡Es un imbécil! ¿Quién le dijo que yo soy inalcanzable? Si yo también lo amo…

Sí, ella lo amaba desde aquel día que lo vió galopar en busca de su yegua. Lo amó desde que él le regaló aquella mirada color caramelo. Amó su cuerpo dorado y cincelado por la naturaleza como a un dios griego. Amó su sonrisa, su disposición al trabajo, sus silencios y su timidez. Amó su entrega, su pasión a todo lo que hacía, el cariño por los animales, el campo y la naturaleza en general. Pero se había ido. Saldría a buscarlo pero… ¿dónde?

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La masa ya había levado y Andrés sabía que era hora de armar el pan, como en aquel momento también había sabido que era hora de regresar con su señora Amada.

Partió la masa en 3 porciones. Su corazón también estaba partido cuando trataba de conseguir trabajo y no podía hacer nada. Era imposible arrancarla de su pensamiento o de su vida. Aquello era un infierno, un castigo terrible. No podía seguir así, por eso emprendió el regreso. Le pediría perdón a su señora y le diría que sólo quería estar a su lado. Estaba dispuesto a pagar su culpa como ella lo considerara conveniente.

Armando el pan recordó cómo había armado en su mente todo lo que le diría a la señora. Al llegar a la tranquera, el cimarrón salió a su encuentro a ladrido pelado, saltando hasta sus pies para demostrarle su alegría. Ante tal alboroto, la señora Amada había salido también al porche y se quedó quieta, esperando que se acercara a la casa. Sólo por verla allí parada había valido la pena el viaje de regreso.

Cruzada de brazos, con el cabello al viento y la mirada… la mirada… no sabía distinguir si era de enojo, de alegría, de… No, no, evidentemente estaba enojada, y no era para menos. Pero debía enfrentarla. Bajó del caballo, lo ató y se paró frente a ella, con la mirada baja.

-Pensé que había contratado un hombre trabajador y valiente, no un cobarde que huye ante el primer problema. ¿A qué volvió, Andrés?

-A pedir perdón, a disculparme, a aceptar el castigo que usted decida imponerme por todo lo que hice mal. También decirle que lamento todo lo que le dije en la carta.

-¿Todo lo que me dijo? A qué se refiere, qué es lo que lamenta ¿haber huído? ¿haberme dejado el dinero? ¿o haberme declarado un falso amor?

-No, señora ¡eso no! Mi amor es real –dijo, y bajó la cabeza de inmediato, lleno de vergüenza – El dinero era suyo, yo no lo merecía. Lo que lamento es que haya perdido los granos y semillas por mi ineptitud. Y encima, haberla abandonado en el peor momento, como un cobarde...

-Repito: ¿Qué es lo que quiere Andrés?

-Que me admita nuevamente como su sirviente, su peón, su empleado. No puedo vivir ya fuera de esta casa y… y sin su presencia señora.

La actitud de Amada se hizo más dura aún.

-Y ¿vos te creés que te va a ser tan fácil? O sea, que decidís irte cuando se te da la gana, cuando más se necesitan dos brazos para trabajar; y decidís volver cuando querés, cuando te parece que mi enojo ya se habrá calmado. Y yo te tengo que perdonar, no?

-No señora, no tiene que perdonarme si no lo desea, pero… -cayó de rodillas- le suplico que me perdone. Castígueme como lo desee, pero permítame estar a su lado nuevamente.

-Andá al cañaveral y traé una tacuara. Limpiala y preparala porque con eso vas a recibir tu castigo. Cuando la tengas lista me la traés.


Él la quedó mirando desconcertado.

-¿Qué? ¿No me oíste? Hacelo ya, o de lo contrario… andate. Y no digás que me amás, que me querés servir y no sé cuántas cosas más –dio media vuelta y entró a la casa.

El hombre se levantó lentamente y salió hacia el cañaveral. Miró las cañas y tomó una; la midió, la cortó y comenzó a limpiarla. Cuando terminó su trabajo se dirigió a la casa, golpeó la puerta y la voz de su señora le dio el permiso para entrar.

-Aquí está lo que me pidió, señora Amada –extendió la caña con las dos manos y completamente limpia.

-Dejala arriba de la mesa y vení para acá –Andrés obedeció y se paró en frente de ella- Ahora te voy a decir algo: el castigo que vas a recibir no es por lo que se arruinó aquella noche de tormenta, sino que te voy a castigar por haberte ido, por haber abandonado tu trabajo y a mí cuando más te necesitaba. Te voy a castigar por no haber tenido la valentía de enfrentar tus errores… y tus aciertos.

Se sentó en la silla que él mismo había fabricado para ella, de cuero de vaca. Una vez que Amada se hubo acomodado, le indicó que se pusiera sobre sus rodillas. Con la cabeza gacha y muerto de vergüenza, Andrés obedeció. Era humillante esa posición. Lo estaba tratando como a un niño pequeño. Pero dijo que aceptaría todo y eso era lo que iba a hacer.

-¿Preparado para recibir tu castigo?

-Sí, señora –contestó con voz segura.

Los golpes comenzaron a caer sobre sus nalgas. Nunca había sido tratado de aquella forma, ni siquiera por sus padres que perdió cuando era un jovencito. ¿Cómo era posible que él, tan hombre, tan viril, estuviera permitiendo que una mujer lo azotara de aquella forma tan humillante? Y lo peor, lo más inexplicable era que gozaba cada azote. El sentir la mano de la mujer que amaba sobre él, le experimentaba un estremecimiento especial.

Amada no era débil. Sus nalgadas se sentían lo suficiente como para que ardiera, aún encima de la ropa. Varios minutos estuvo así, soportando aquel castigo que si bien era doloroso, no lo era tanto como la humillación de verse en esa pose y azotado por una mujer. A medida que el castigo avanzaba, él reflexionaba en el motivo de todo aquello: su huída. Y se arrepentía una y mil veces de haberlo hecho.

-Ahora, ponete de pie. Y desnudate de la cintura para abajo.

Andrés iba a protestar, pero al ver el rostro de Amada, decidió obedecer. Se quitó las alpargatas, su pantalón y la ropa interior, que dejó en un montón tirado en el piso.

-Veo que no has cambiado tus hábitos. Recogé esa ropa inmediatamente, doblala y ponela sobre la silla.

El joven no sabía cómo hacer para ocultar su evidente excitación, mientras que Amada lo que trataba de ocultar era su sonrisa y aprobación por lo que veía. Le divertía ver el tremendo esfuerzo que hacía Andrés para que ella no pudiera observar su miembro en casi, su máxima expresión. Pero...

-Ahora que lo pienso mejor, sacate toda la ropa.

-Pero señora…

-Si vas a poner peros, agarrás tus cosas y te vas. Hoy te va a quedar claro quién manda si decidís quedarte a mi lado.

No dijo más nada y comenzó a desvestirse hasta que quedó totalmente desnudo ante la escrudiñadora mirada de Amada, que se deleitaba con cada parte de su cuerpo sin darle importancia a la vergüenza y pudor de aquel hombre que estaba amando más a cada momento, ese hombre que era capaz de soportar todo aquello por amor a ella, por quedarse a su lado.

-Bien. Alcanzame la vara. Quiero que apoyes manos y codos sobre la mesa, abras las piernas y escuches lo que voy a decirte: si te vas a quedar acá va a ser bajo mis órdenes. No podrás hacer nada sin preguntármelo antes. Tu voluntad me pertenece por completo, y vos también.

Mientras que decía esto, hacía silbar la vara, cortando el aire y haciendo imaginar a Andrés lo que le esperaba. El primer azote lo tomó de improviso. Él estaba atento a lo que le decía su señora.

Levantó la cabeza e hizo un pequeño gesto de dolor con su rostro, pero no dijo nada. Una marca roja cruzaba sus nalgas…

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Con el cuchillo muy afilado, Andrés hacía un corte en cruz sobre los bolos de masa. Así de lacerantes eran los azotes que le había propinado su señora Amada el día de su regreso. Su mente volvió a aquel momento una vez más. Si bien los azotes dolían, las palabras de su señora y dueña desde aquel momento, le dolían mucho más. ¿Era tan grande su amor por ella que era capaz de soportar todo aquello? ¿Dónde quedaba su hombría, su machismo? Se dio cuenta y aceptó que había renunciado a todo eso por obtener su amor.

-Decime Andrés… ¿quién te dio derecho de decidir por mí?

-¿Cómo dice, señora? Yo jamás me atrevería a hacer eso.

-¿No? Pero lo hiciste. Decidiste reparar el gallinero en vez del techo de la casa. Decidiste levantarte de la mesa por dos veces y dejar la comida servida sin tomar en cuenta el trabajo que yo me había tomado para hacerla. Decidiste que el dinero que te dejé como pago de tu trabajo debías devolvérmelo. Decidiste irte sin dejarme saber que lo hacías y sin saber si yo quería que te fueras o no… Eso por nombrar solo algunas cosas. Y ahora volvés arrepentido para que te perdone.

Varios azotes más cayeron sobre las nalgas del joven, que se sentía más y más humillado cada vez. Sabía que su señora Amada tenía razón, que no había actuado de una manera correcta. Estaba recibiendo el castigo que merecía y lo recibía gustoso si ese era el precio que debía pagar para quedarse a su lado.

Lo que no entendía era por qué su pene se había empecinado en permanecer duro, inhiesto. Su excitación no tenía límites y temía no lograr controlarse y eyacular delante de su señora Amada.

Luego varios azotes, desnudo como estaba, le dijo que fuera al cuarto donde guardaban los enseres para los caballos. Una vez allí, lo hizo tenderse sobre una silla de montar.

-¿Sabes Andrés? Sos un potrillo bravo y salvaje que necesita conducción. Mi fusta y yo te conduciremos de aquí en más por los lugares correctos para vos.

Los golpes de la fusta eran precisos y el lugar donde caían bien definido. El azote de la fusta era diferente a los otros. Los 20 o 30 fustazos que recibió dejaron huella en sus nalgas y en su alma arrepentida.

En la posición que estaba no podía ver a la señora, pero oía el taconeo de sus botas, su firmeza para caminar. En un momento no sintió ningún paso más, pero su oído percibió el sonido que le hizo correr un frío por su médula. Sí, su señora se estaba quitando el cinto que traía puesto; lo hizo correr lentamente por cada una de las presillas y al final lo sacó de un solo tirón. El chasquido en el aire hizo que levantara su cabeza, pero el resto de su cuerpo se mantuvo indemne.

Amada acarició lentamente sus nalgas con el cinto. Luego pasó la mano por cada una de las múltiples marcas que mostraba aquel culo túrgido y de formas redondeadas. Lo acarició un largo rato y… Andrés se sintió en la gloria. Que ella lo tocara era todo su sueño, y sentirse así acariciado era más de lo que se había atrevido a soñar.

Luego de un descanso que se le había hecho necesario a los dos, Amada comenzó su castigo con el cinto. Una vez y otra mas levantó su brazo y dejó caer con fuerza la herramienta de castigo sobre las nalgas de Andrés.

Desde que él había comenzado a quitarse la ropa hasta ese momento, habían pasado al menos una hora y media, quizás más. Amada consideró que ya era suficiente.

-Levantate Andrés, y andá para mi cuarto…

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Los bollos ya estaban elevados y listos para ser horneados. Puso todo en una tabla especial de panadero y se dirigió al horno. Con la ayuda de unas bolsas de arpillera y con extremo cuidado, abrió la puerta del horno.
Miró el fuego. Las llamas ya se habían apagado y solo quedaba la brasa encendida. El horno estaba caliente y las brasas al rojo vivo. Rojo como su culo con aquella azotaína, y caliente como el ambiente de excitación que se había formado con toda aquella situación.

Se quedó hipnotizado mirando dentro del horno y se visualizó aquel día yendo hacia el cuarto de la señora, desnudo, avergonzado y humillado. Al llegar al lado de la cama se detuvo con la cabeza baja y esperó.

La señora Amada venía tras él, observando ese cuerpo glorioso y esas nalgas que necesitaban atención urgente. Ella también necesitaba atención y la iba a obtener.

-Apoyá las manos en esa silla.

Obedeció. No le diría que no a nada. Si ella consideraba que debía seguir castigándolo, lo aceptaría con tal de quedarse a su lado. Pero… cuál sería su sorpresa al sentir el frescor de una crema que la señora esparcía por sus nalgas. La crema se sentía refrescante y las manos de la señora eran de seda y azucenas. Un largo rato estuvo en esa pose, gozando las caricias de Amada, que a su vez también gozaba acariciando las nalgas del guapísimo joven.

-Quiero que sepas que esto lo hice por tu bien, para que quede claro quién mandará en tu voluntad y en tu vida. Hice esto porque me importás, porque quiero lo mejor para vos. Espero que así lo entiendas…

Como sin querer pero a propósito, más de una vez dejó escapar las caricias de las nalgas y tocó, al principio levemente pero luego con más detenimiento, los testículos del joven, que daba un respingo y gemía cada vez que esto sucedía.

-Ahora… ponete de pie y mirame.

Trató de tapar su excitación con las manos, pero ella se las apartó. Eso hizo que él bajara la cabeza y mirara para un costado. Tomando su cara con ambas manos, Amada hizo que él fijara sus ojos en ella. La mujer dio un paso hacia delante y comenzó a besar suavemente el rostro del hombre, hasta que llegó a sus labios. El enamorado de ojos de caramelo fijó su vista en la mujer y con la mirada le suplicó un beso, y ella se lo concedió.

¿A qué le supo aquel beso maravilloso? Era dulce como la miel, largo como su desesperación, húmedo como la lluvia de aquel día, tibio como el sol de la tarde, y caliente como las brasas de aquel horno que… se estaba enfriando. Metió los panes dentro y lo cerró.

También habían cerrado la puerta de la habitación cuando los besos dejaron lugar a las caricias más osadas. La señora era la que le permitía y hasta le suplicaba sin palabras que la hiciera suya.

Despojándola de toda la ropa, la tomó en sus brazos y la depositó en la cama, como si fuera de cristal. Ahora era completamente feliz y lo que más le importaba era hacer feliz a su señora.

Comenzó a tocarla suavemente, sin dejar de besarla en ningún momento. Las manos de Andrés acariciaron su rostro y su cuello. Luego conoció sus pechos aún túrgidos y acogedores, con sus pezones rosados y duros. Su boca comenzó a bajar por el centro del cuerpo entre los gemidos de la mujer. Cuando llegó a su Monte de Venus, le hizo abrir las piernas y ante sus ojos maravillados se encontró con una vulva rosada y húmeda. La lengua rozó levemente el clítoris, mientras que con los dos dedos de su mano derecha atrapaba ese centro de placer de las mujeres, moviéndolos en la base hacia delante y hacia atrás. A su vez la lengua jugaba y humedecía el glande, que se ponía cada vez más hinchado y tieso. Amada estaba a punto de explotar de placer, pero antes de que esto sucediera, él introdujo el dedo corazón, y acarició la pared del lado donde estaba concentrada toda su atención. La descarga de flujos fue tan enorme como sus gritos de placer. 

A medida que los orgasmos iban apareciendo, apretaba la cabeza de Andrés contra ella. Fueron varios seguidos que la trasportaron a otra dimensión. No le importaba nada, no sabía quién era, ni dónde estaba, ni si el mundo se acababa. Ella estaba logrando los mejores orgasmos de su vida. Las contorsiones y los espasmos entre gemidos y suspiros, hicieron sentirse totalmente satisfecho a Andrés, que había logrado que su señora gozara de aquella forma.

Mientras que Andrés se acomodaba a su lado, Amada trataba de recuperarse. Lo hizo casi inmediatamente, y ahora ella le haría gozar a él. Sin decirle nada, se dirigió a su pene. Posó su mano y apretó levemente. Abrió su boca y Andrés comenzó a gozar de la humedad y calidez de Amada, que disfrutaba de solo verle la cara de satisfacción. El hombre cerró los ojos y se entregó por completo al goce que le estaba proporcionando su señora Amada, su amada Señora. Nunca le habían hecho algo así, aquello superaba todo lo vivido hasta ese momento. Por momentos el placer era tal que si abría los ojos le quedaban totalmente en blanco. Cuando estaba a poco de explotar, se colocó rápidamente encima de él e hizo que la penetrara.

Se tomaron de las manos y ella extendió los brazos cual un águila en la inmensidad del cielo. Los movimientos se hicieron cada vez más frenéticos hasta estallar en un mar de placer…

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La mesa estaba dispuesta. Era sencilla: platos, vasos, vino, una bandeja con fiambres y la comida preferida de Andrés. Amada se la había preparado y estaba esperando el pan. Miró por la ventana y vio como su sumiso. su hombre lo sacaba del horno y lo colocaba en una fuente. Lo siguió con la mirada y pensó en lo enamorada que estaba de él. Tanto o más de lo que él la amaba.

-Mi señora Amada, aquí está el pan, tal como usted lo pidió…

-Sí, dorado y caliente… ¡como vos!

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