miércoles, 5 de noviembre de 2008

Hacía unos seis años que no me tomaba más de 4 días de vacaciones. Desde junio veníamos con mi Amo abrazando la posibilidad de tener juntos una semana de descanso. Diferentes acontecimientos se sucedieron para que por un motivo u otro suspendiéramos las tan anheladas vacaciones.
Buscando un lugar adecuado, hice varias visitas a diversas páginas de internet, diferentes lugares, cabañas en la playa, en las sierras, en campings… Finalmente, dado que había tantos inconvenientes para salir y yo por motivos personales necesitaba dejar Montevideo, decidí ir unos días con mis padres a las sierras. Me recomendaron unas cabañas y en el mismo lugar, descubrí una bellísima, en lo alto de un monte y con una preciosa vista hacia un pequeño lago. “Esta es la indicada”, pensé. Así que una vez que pudimos coordinar la fecha y con todo el temor de que algo más sucediera, reservé el lugar.
El esperado sábado llegó. Junto a Sir Williams enseguida emprendimos viaje hacia el lugar.

Al llegar, él también quedó fascinado con la cabaña y el paisaje. Los dos estábamos muy cansados, así que la escena (sesión) de Spanking de ese día fue más de relajación y terapéutica que de otro tipo.
Una de las cosas que habíamos pactado era que yo dedicaría más tiempo a escribir, así que mi Amo me “obligaba” a sentarme frente a la laptop y continuar con el tercer capítulo de “Cartas a la tía Mena”.
La tarde del domingo, mientras yo transformaba en palabras mis pensamientos, él no cesaba de entrar y salir de la cabaña. Imaginé que algo estaría tramando, pero seguí en lo mío.


Cuando a última hora de la tarde entró a prepararse el mate, le inquirí:

-¿En qué andabas?
-¿Por qué? –me respondió con su mejor cara de inocencia y asombro
-Porque tenías tremenda actividad entrando y saliendo. ¿Qué hacías?
-Nada… fui a ver la arboleda de aquí al lado, anduve mirando el terreno, rodeando el cerco… es bastante grande ¿sabés?
-Sí… me imagino –contesté con la seguridad que no había sido sólo eso lo que había hecho. Por supuesto que al rato ya me había olvidado.

No teníamos ni radio ni televisión, así que aprovechamos a charlar sobre un montón de temas pendientes. Bueno… yo hablaba y él respondía con su habitual locuacidad: “Sí… no… claro… yo creo que blablabla…”. Cuando decía más de diez palabras seguidas mi asombro era incalculable.
Cenamos, lavé la loza (como corresponde) y al terminar me tomó de la mano y me dijo:

-Vení…
-¿A dónde?
-Vos vení, quiero mostrarte algo…

Ayyynnnsssssss… Las sumisas somos taaaaaaaaan confiadas, que yo fui tras sus pasos, como siempre. Dentro de la cabaña el ambiente era muy agradable porque había prendido el hogar y el fuego quemaba la leña, haciéndola crepitar. Fuera, corría una brisa bastante fría. Yo vestía una sudadera muy fina, pantaloncitos cortos, medias y tenis. No se veía casi nada y la luna estaba de huelga. Las estrellas sin embargo lucían espectaculares. Caminamos con cuidado un pequeño tramo hasta que…



-Ahora quedate acá. ¡No te muevas!
-Pe…
-Dije que te quedes acá y que no te muevas –repitió, dándome a entender que era el Amo quien hablaba, y no el dulce Willy. “Sonamos…”, pensé para mí sin decir palabra.

Caminó unos cuantos pasos, casi hasta perderse entre un grupo de árboles. Dejé de verlo por unos instantes. De repente reconocí su sombra para enseguida volver a perderla. Comencé a sentir mucho frío y algo de temor. Entonces volvió a aparecer y me tomó de la mano.

-Ya está. Vení conmigo…

No dije nada, sólo lo seguí. De repente se detuvo. “Aquí es”, dijo soltándome la mano. Yo no veía nada en especial, solo un árbol con una rama algo baja. Se dirigió a un pequeño claro que había entre ese árbol y otros dos. Se acercó a una de las ramas, prendió su encendedor y… la llama de la vela iluminó tímidamente el lugar. Realizó la misma acción por tres o cuatro veces en diferentes lugares. Luego, con una sonrisa triunfal me miró y se dirigió hasta donde yo estaba. La luz de las velas le daba al lugar un aspecto especial. El ambiente se había vuelto cálido a la vista, envolvente, misterioso...

-Pero… ¿qué…?
-Dame tu mano y no hables –Obedecí. Era obvio que la escena (la sesión) había comenzado.

Tenía atadas dos cuerdas en diferentes ramas. Yo estaba detrás de la rama baja, y él había calculado todo tan perfectamente que hizo que me estirara lo suficiente para que mi vientre quedara sobre esa rama, con los brazos muy estirados. Entonces se percató que yo tenía las piernas juntas.

-Separá las piernas –lo hice, pero no lo suficiente- Más -ordenó.

La separación de las piernas hizo que mi cuerpo quedara más abajo y los brazos estuvieran más estirados aún. Fue entonces que se puso detrás de mí y bajó mis pantaloncitos hasta por debajo de la rodilla, dejando mis nalgas totalmente expuestas.
El silbido de la madera hizo que me diera vuelta de inmediato. Tenía en su mano derecha un pequeño grupo de ramas recién cortadas. Lo miré con todo el terror que sentía al imaginar lo que me esperaba, negando con la cabeza aquella situación.

-¿No? Claro que sí. Soy un hombre de palabra y el tío Pit me pidió que te castigara de esta forma, y es lo que voy a hacer.

El tío Pit. ¡Ufffff…! Se enojó por una tontería y le pidió a mi Amo que me castigara. Me dio la oportunidad de elegir, y como yo pensé que era todo broma, dije que con la vara. Ahora sé que no fue una decisión inteligente. Me lo tomé en broma, pero se ve que el tío Pit y mi Amo no tenían mi mismo pensamiento. Y allí estaba yo, con el culo a la merced del frío de la noche y de las ramas de mi Amo, que no dejaba de hacer silbar.

-¿Tenés frío?
-Sí Señor –respondí con la cabeza baja
-No te preocupes… No será por mucho rato. Dentro de poco vas a tener calor –dijo con una sonrisa, para mí, bastante burlona.

Los azotes comenzaron. Creo que en toda mi vida de spankee y sumisa, jamás me habían dolido tanto los azotes. Era un dolor lacerante, multiplicado por cada una de las ramas y acrecentado por el frío del ambiente y de mis nalgas.

-Bueno, el tío Pit me estará agradecido por esto que hago, y vos también por educarte, no?

El árbol genealógico del tío Pitito pasó por mi cabeza más de una vez. El dolor era realmente fuerte, nada agradable por cierto.

-¿Te duele?
-Sí Señor. Supongo que además de la intensidad de los azotes, me duele porque tengo el cuerpo frío.
-Bueno, la idea es que duela, sino… ¿Cómo vas a aprender la lección? ¿Dónde estaría el castigo si lo disfrutaras?

Más de una vez le pedí que parara. El dolor se me hacía casi insoportable a pesar de sus caricias y de mis movimientos para tratar de evitar los azotes. No sé cuántos azotes fueron, pero creo que fue una azotaína muy intensa y dolorosa, tanto que luego de una semana aún tenía marcas.
Cuando mi Señor decidió que era suficiente, me liberó de las cuerdas, apagó las velas y así como estaba, con la ropa en las rodillas, me hizo regresar a la cabaña tomada de su mano. Una vez dentro, lo primero que hice fue acercar mis nalgas al calor del hogar. El calor por un lado era sumamente agradable dado que tenía la cola congelada, pero por el otro lado, los azotes se volvían a sentir una vez más.
Sólo había un espejo en el baño, así que apenas pude ver un poco las marcas y tuve que esperar para ver las fotos. ¡Y recién allí comprobé por qué me había dolido tanto!

De todas formas, fue una vivencia increíble. Y de la mano de mi Amo, volvería a experimentarla, aunque sigo pensando que los azotes no cambian nada en mi caracter o acciones.



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