domingo, 12 de julio de 2009


Había escrito para este blog un artículo sobre “BDSM y TANGO”, que podrán leer en la web de Aldea Sado, en esta dirección: http://sadoyspanking.com.ar/colum_tango.php Pero mi Amo me “sugirió” que lo colgáramos en su web y… allí está.

Luego de esto tenía que escribir algo más y no se me ocurría qué, por lo que recurrí a un nuevo amigo que estoy descubriendo y admirando de a poco: José, un español inteligente, despierto, de mente abierta y que está estrenando sus primeros cuarenta años de vida. Le pregunté sobre qué tema sería bueno hablar y me sugirió que hablara sobre las transiciones y/o crisis mentales que tenemos las mujeres que fuimos educadas de forma tradicional, cuando pasamos al mundo del BDSM en cualquiera de sus disciplinas. Aquí va, esta es mi opinión:

Hay elementos que traemos innatos y en un momento u otro de nuestra vida salen a la luz. Creo que algunos pueden corregirse pero no cambiarse, porque forman parte de nosotros mismos. Por ejemplo: podemos cambiar nuestro carácter porque es adquirido, pero no podemos cambiar el temperamento porque es innato.

A pesar de que la educación es también adquirida, permanecerá con nosotros a lo largo de nuestra vida; los valores que se nos inculcan desde pequeños se quedan con nosotros por siempre, aunque de mayores tengamos actitudes y tomemos decisiones distintas a las que nos enseñaron.

Quiero hablar específicamente de mi generación de mujeres, de las que tenemos entre 45 y 60 años aproximadamente. Quienes éramos niñas en los años 60’s y principios de los 70’s recordamos todas las transiciones que vivimos. Fue una época de cambios y contradicciones: por un lado nos educaron para llegar vírgenes al matrimonio y por otro lado los hippies nos decían que hiciéramos el amor y no la guerra. Años de cambios políticos con la revolución Cubana, la guerra fría, el asesinato de los Kennedy y Martin Luther King, la guerra de Vietnam; cambios en la religión con el Concilio Vaticano II; cambio en la músca con la aparición del Rock’n Roll, The Beatles, el twist; cambio en la moda con la minifalda; cambio en la tecnología con las computadoras y algo que nos conmocionó a todos como fue la llegada del hombre a la Luna.

Muchas de nosotras, por el motivo que fuere, seguimos las reglas de la sociedad del momento y llegamos vírgenes al matrimonio, mientras que otras, más lanzadas, decidían disfrutar y gozar del sexo. Pero no sucedía lo mismo con nuestras “desviaciones sexuales”, que excepto contadísimos casos, debíamos dejar para la intimidad de nuestras fantasías. No sólo ocultarlas, sino más bien enterrarlas hasta el punto de que quedaran casi olvidadas, reviviendo con solo ver una foto, una frase o una simple escena de película. Es imposible ocultar algo así. Es como querer teñirnos una vez el pelo y que nuestro color desaparezca para siempre. Está allí, muchos nacimos con esto, y por más que hagamos difícilmente lo podamos olvidar, sobre todo si ya lo probamos y le tomamos el sabor.

Creo que las de mi generación, al enfrentarse por primera vez a una sesión de BDSM, pueden sentirse fabulosamente bien, liberadas, distendidas y gozar tanto como Dóminas o como sumisas. También puede que se sientan tan mal y culpables que se nieguen a sí mismas esta forma diferente de querer y ser queridas, esta manera de vivir y gozar su vida sexual. Si una se siente bien, plena, segura de lo que hace, es maravilloso. Si se siente mal y culpable, puede llevar a la persona a un grave cuadro depresivo del que no siempre es posible salir. Por eso es tan importante un buen equilibrio emocional por ambas partes, y la seguridad de lo que se quiere al meterse en este mundo.

Y después que la mujer entró… ¿todas aceptaron que les gustaba ser dominadas, azotadas y humilladas, o que les gustaba disciplinar, castigar y humillar? ¿O huyeron de este mundo asustadas?

¿Qué riesgos corrimos, corremos o estamos dispuestas a correr por concretar esa deseada sesión, o por seguir disfrutando de esa disciplina que tanto nos gusta? Supongo que eso es algo muy personal, que no siempre estamos dispuestos a contestarles a los demás y algunas veces ni siquiera a nosotras mismas. Sin importar la edad que tengamos, lo importante es estar seguras de lo que queremos hacer y cuánto queremos disfrutar.

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