domingo, 8 de mayo de 2016

La lujuria es un vicio natural.
(Giovanni Boccaccio)


Introducción

Fue Evagrio Póntico quien en el año 375 D.C. calificó como “pecados capitales” a las peores tentaciones. Luchó toda su vida contra uno de los pecados más difíciles de superar: la lujuria. Siendo archidiácono fue amante de la esposa de un dignatario romano; luego, ya retirado en un monasterio en el desierto y sin ninguna mujer a la vista, seguía teniendo pensamientos voluptuosos que trataba –en vano- de evitar, poniendo su mano sobre la llama de la lámpara.

Tanto en la cultura judeo-cristiana como en la Islámica, Dios reina desde el Cielo y no tiene pareja, por lo que les es difícil celebrar la sexualidad.

La Tabla de la Ley o los Diez Mandamientos no hablan de pecado, pero indican las reglas o normas que los seguidores deben cumplir para no ofender a Dios. Dos mandamientos hablan en específico de la lujuria:

El sexto mandamiento: “No cometerás actos impuros”.

El noveno mandamiento: “No tendrás pensamientos o deseos impuros”.  

Lástima, porque cuando yo era pequeña y me enseñaban catecismo, el sexto mandamiento decía “no fornicarás”, y el noveno “no desearás la mujer de próximo”. Supongo que se dieron cuenta de que dejaban fuera actos como la masturbación o las fantasías sexuales, y que también nos daban a las mujeres la libertad de desear el hombre de nuestra prójima sin caer en pecado.

Por suerte para el mundo, existen culturas más abiertas. En la India, el acto sexual es una celebración y así lo demuestran en el Kama-Sutra -donde sexo y religión van unidos- se describen sesenta y cuatro posiciones o artes amorosas, además de los aspectos sagrados de la prostitución, el sexo en grupo, la homosexualidad y el sadomasoquismo.

En la cultura greco-romana, los señalizadores de fronteras y caminos eran gigantescos falos llamados Hermas, erigidos en honor a Hermes, el dios de la fertilidad.

El sexo era algo cotidiano entre los dioses del Olimpo. A Dionisio se lo celebraba con salvajes orgías rituales en los bosques. La palabra orgía viene del griego y en sus orígenes significaba “ritual secreto”.

Tanto en Roma como en Grecia, se tomaba al sexo como una experiencia sensual y no como tabú.

Quizás el más lujurioso fuese el imperio romano, y ningún lugar como Pompeya para demostrarlo por medio de sus dibujos, pinturas y grabados. Este imperio disfrutaba la sexualidad no solo en los prostíbulos y hogares, sino en calles, esquinas y baños públicos. Venus fue su diosa del sexo, la lujuria y la vanidad. Recordemos también que según la mitología greco-romana, la creación comenzó con la copulación de los dioses.

 
La religión cristiana, en cambio, siempre trató de desalentar la lujuria, incluso a través de los nombres. Su primera denominación como pecado, fue “El ansia desordenada del placer carnal”. Después se usó también fornicación, adulterio y tentación de la carne, entre otros.

Pero la lujuria apareció mucho antes, con la pareja que dio origen a la raza humana. Y eso me lleva al punto que quería tocar: la primera mujer que habitó la tierra. Las leyendas contadas acerca de ella por las diferentes culturas y religiones, tienen muchos puntos de coincidencia.

Durante la breve investigación que realicé, me puse a pensar cómo sería vivir en esos días en el supuesto Paraíso Terrenal, siendo la única mujer para el único hombre. A quién le interese la historia oficial podrá encontrarla en el Libro de Tobías, en el Talmud y hasta en la Biblia -aunque su aparición es muy fugaz-, pero si siguen leyendo encontrarán la otra historia, la apócrifa, la de esta autora.


LUJURIA EN EL PARAÍSO (versión apócrifa)

Pasaron cinco días desde el momento en que Creó Dios los cielos y la tierra… hasta que Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó… y atardeció y amaneció: día sexto…

Y entre medio creó el universo, la tierra y la naturaleza que la habita.

Sin duda, lo que más trabajo le dio fue el ser humano. Se pasó todo un día en esa tarea, porque la realidad es que no fue tan fácil ni tan rápido como está narrado en el Génesis. 
 
Parece que todo empezó con una idea que lo llevó a amasar polvo puro, y vaya uno a saber cómo, creó al primer ser humano, de sexo masculino, y le puso por nombre Adán. Lo observó y vio que su obra era buena. O creyó que lo era hasta que su obra comenzó a aburrirse.

Como no tenía nada para hacer porque todavía no se había inventado el fútbol y mucho menos la tele, Adán se sentó en el pasto y apoyando los codos en las rodillas, bajó  los brazos y… Sus manos tropezaron con una parte que le colgaba y caía, así que empezó a jugar manipulándola. ¡Y vio que el jueguito estaba rebueno! Eso reaccionaba, y cuanto más lo acariciaba más placer sentía. Sin proponérselo ni saberlo, Adán había descubierto la masturbación.

Tanto le gustó que no paraba de hacerlo y Dios comenzó a preocuparse. Fue entonces que dijo la famosa frase: No es bueno que el hombre esté solo. Así que recordando la fórmula que había usado para crear a Adán, la mejoró haciéndola más maleable y eso le permitió crear un cuerpo sinuoso, con curvas deliciosas y la cobertura final suavizada con vello casi imperceptible. Para el pelo se vino hasta el departamento de Rivera a buscar tierra colorada, y logró la primera pelirroja de la historia, con cabellos muy largos y ensortijados. Retocó el cuerpo: senos apetecibles, de buen tamaño, caderas amplias, vientre chato, culito respingón, cintura pequeña, extremidades largas y ojos seductores. Y miró Dios su obra y vio que estaba… ¡buenísima! Le puso por nombre Lilith y la dejó en el Paraíso junto a Adán, que seguía muy ocupado en sus cositas.
 
Cuando Adán la descubrió, pensó que era un animal muy bonito y siguió en lo suyo. La mujer, bastante decepcionada, se le acercó y trató de entablar conversación, pero sin éxito. El tipo pensó que ese animal nuevo lo estaba molestando y no le permitía concentrase en su labor, así que se alejaba apenas la veía venir.

A Lilith le gustaba divertirse fastidiándolo porque le hacía sentirse risueña. La chica tenía su cerebro colmado de pensamientos y deseos. De todo tipo. Quizás con la buena intención de que la especie se multiplicara para poblar la tierra, Dios le otorgó una gran facilidad para excitarse, así que no necesitaba mucho. Le bastaba ver jugar a Adán consigo mismo, escuchar aparearse a otros animales, bañarse en las frescas aguas del arroyo cercano… En otras palabras, era de las minas a las que cualquier transporte la dejaba en la puerta. Pero Adán no colaboraba. No quería o no entendía las insinuaciones de la dama, y es posible que no alcanzara la frecuencia con que sus servicios eran requeridos.

Lilith llegó a la conclusión de que su congénere, además de ser el único hombre en el Paraíso, era un pánfilo. Y por el momento ninguna de las dos cosas tenía solución.

El tiempo pasaba. Cansada de esperar, le hizo una zancadilla para demostrarle con hechos lo que se estaba perdiendo y una vez en el suelo, se le puso encima. Quizás por instinto Adán invirtió las posiciones. La hizo yacer debajo y así comprobó que estar con ella era mejor que sus juegos solitarios.


No pasó mucho tiempo sin que la hembra quisiera estar encima. Sin pedir permiso se montó sobre él y su panorama cambió. Esa posición era increíble: la brisa le acariciaba el rostro, podía abrir los brazos como las aves en pleno vuelo, tenía total libertad de movimientos, y el poder de apresurar o atrasar la explosión de Adán de acuerdo con sus propias necesidades. A partir de ese día no quiso regresar a su posición anterior, cosa que enfurecía al hombre.

En algún lugar del Firmamento, Dios entró en el séptimo día de Su Creación. Miró Su Obra, pensó que era buena y que después de tanto trabajo merecía un buen descanso. Es de suponer que llamó a un servicio de nubes transportadoras y se fue a un all inclusive en el Caribe. Playa, mar, sol, brisa, palmeras, una reposera y Él, con un mojito en una mano y un refuerzo de mortadela en la otra. Por fin le tocaba disfrutar sus vacaciones. ¡Y chau!

Mientras tanto, en el Paraíso…

-¿Por qué? -Preguntaba Lilith- Dame una buena razón por la que deba yacer debajo de ti. Los dos fuimos creados con el mismo polvo, así que somos iguales.

El verdadero carácter de la primera mujer comenzaba a manifestarse. Era rebelde, dominante, y tan segura de sus pensamientos como para no aceptar un mandato sin una razón valedera. ¿Y qué razón podía darle Adán? Ninguna que no fuera una orden arbitraria. Lilith se la estaba poniendo difícil y él no estaba en el Paraíso para que esta hembra le viniese a arruinar su vida. Aunque eso no era lo peor.

El único hombre en la tierra empezó a notar que la mujer era insaciable. Copulaban a toda hora, de día, de noche, con sol, con lluvia, antes de comer, después de bañarse, pero ella siempre quería más. Cuando no podía convencerlo lo tiraba al piso y lo montaba hasta hacerlo reaccionar. Como es lógico, Adán terminaba en la cúspide del placer carnal y una vez allí, el estallido era inevitable.

Por supuesto que no se quejaba de cuánto le hacía gozar, ni de la persecución para los encuentros repletos de lascivia. El problema era su desobediencia.

-Tengo que hacer algo –pensó tras quedar exhausto sobre el pasto-, no me deja otra opción…

+ + + + +


-Hola, papi Dios –oyó el Creador, que tenía los ojos cerrados para un bronceado más parejo.

-No puede ser -pensó Dios-. Mi hijo dilecto me viene a joder las vacaciones… ¿Qué carajo le estará pasando ahora?

-Dime… ¿qué problema te aqueja, hijo mío? –respondió sin mover su posición.

-Es la hembra que me diste, papi. Es Lilith –respondió.


-Pero, vamos a ver, Adán. Tienes todo para ser feliz. No pasas hambre, ni frío, no tienes preocupaciones y encima te di por compañera a una mujer deseable, hermosa, perfecta. ¿Qué más quieres?

-¿Que qué quiero? Pero… ¡papi! La hembra ya no me obedece, me persigue sin cesar solo para darme órdenes, se siente la dueña del Paraíso, se la pasa provocándome con que “el Creador nos ordenó que nos reprodujéramos” –dijo Adán queriendo imitar la voz y los gestos de Lilith-, y cuando lo estamos haciendo, ¡ella siempre quiere ponerse encima y no debajo como le corresponde, papi! Y esa fijación que tiene con el semen…¡Is too much, daddy! Y puedo seguir, porque déjame decirte que…

Dios, en un gesto muy suyo que nos heredó, miró hacia arriba como buscando paciencia en el Cielo, que era su casa, y deseando estar allí. Pero tenía que escuchar a Adán, que seguía dándole las quejas de Lilith.

-…protesta por todo: que si la fruta que recogí estaba muy madura, que la que llevé ayer todavía está muy verde, que al mediodía hace mucho calor, que de noche hace frio, que hay que cambiarle las hojas al lecho… ¡Me tiene repodrido, pá!

-Está bien… Déjame ver qué puedo hacer.

El Creador pensaba que debía ser justo y no hacer diferencia entre sus hijos, pero… Adán no era solo su hijo varón, ¡era su primogénito!

Mientras meditaba caminando por la orilla del mar vestido con sus bermudas floreadas, aceptaba ante sí que el primer modelito humano le había salido medio fallado, bastante pánfilo para ser más exactos. Su deber como Padre era proteger a su primogénito de aquella mujer tan hermosa, rebelde, ambiciosa, indómita y…

-…y se me fue un poco la mano con el apetito sexual que le di –admitió mirando el mar inmenso-. Yo solo quería que me hicieran abuelo. En fin. Tendré que hablar con ella y bajarle los humos porque seguramente pretenderá ser igual al primogénito. O superior, quizás. Y si sigue así, con el tiempo va a querer ser superior a mí, que soy su Creador. Tengo que hablar con ella.

Desganado, cambió las bermudas floreadas por la túnica de blanco resplandeciente, y se fue al Paraíso en busca de Lilith.

-Hija mía –dijo sentándose sobre una piedra-, tenemos que hablar. Adán me ha dicho que…

-¡Pero qué tipo chusma! ¿Con qué cuento te fue? ¿Te dijo que la única que hace las cosas bien soy yo? Porque te digo que si por él fuera, comeríamos fruta verde. O pasada. No hay caso, no entiende el significado de la palabra madura. Y cuando quiero que cumplamos con tu mandato de reproducirnos, se va. Y si lo persigo, no le gusta. Y cuando lo hacemos, siempre quiere que me ponga debajo de él. Adem…

-¡Silencio! –Bramó el Creador, haciendo temblar la tierra y paralizando la naturaleza- Lilith, Lilith… Tienes que comprender y aceptar que Adán es mi primogénito y tu obligación es obedecerlo en todo. Así que ya sabes. Y no se hable más del asunto.
 
Lilith le iba a responder, pero Dios ya había desaparecido.

Se sintió furiosa, relegada por el pánfilo de Adán e incomprendida por su Padre. Y comenzó a andar con paso ligero, parándose cada tanto para descargar su ira saltando sobre el pasto con los puños cerrados.

Es bueno aclarar que a esta altura de la historia, ya había pasado la revolución de los ángeles, donde los perdedores -o ángeles caídos- fueron convertidos en demonios. Como todas las creaturas de aquellos tiempos, nadie trabajaba, así que los demonios deambulaban por la tierra peleándose entre ellos, tratando de conquistar algún ángel para sus filas, o pergeñando cómo y con quién ejercer su mala influencia, aunque no hubiera muchas opciones.




El primero en pasearse por el Paraíso, fue Asmodeo, el demonio de la lujuria. Solía hacerlo al mediodía, la hora en que sus poderes alcanzaban el punto más alto. Este diablo, que tenía muchos pelo pero ni uno solo de tonto, comenzó a observar a los únicos animales hechos a imagen y semejanza del Creador. No tardó en darse cuenta de que Lilith sería su aliada, en cambio el pánfilo de Adán le contaría todo a su Papi.

La mujer no sabía que Asmodeo había presenciado a escondidas su charla con Dios. Cuando quedó sola, no tardó en reconocer la ira en su actitud. Sí, el demonio Amón sería el especialista en la ira, pero Lilith sería solo suya.

-¿Qué haces por aquí, mujer? –preguntó, con el sol en su cenit.

-No me hables. Estoy furiosa –le espetó, y pasó a relatarle su encuentro con Dios-. Te digo que si esto no cambia, me voy del Paraíso.

El demonio de la lujuria comenzó a alimentar los deseos de libertad de la mujer, contándole sobre lo bien que pasaría una hembra fogosa como ella en las orillas del Mar Rojo. Así que cansada de que el Creador prefiriera al pánfilo de su primogénito antes que a ella, decidió abandonar el Paraíso y encaminarse a ese lugar maravilloso de libertad sexual.

Cuando por medio de su hijo dilecto y de algún Arcángel chismoso, Dios se enteró de la huida de Lilith, su primera medida fue poner manos a la obra y crear a Eva, quien sería asentada de forma oficial en el Génesis como la primera mujer. La creó con una costilla que le sacó a Adán, y así salió: humilde, servicial, obediente, sumisa, con libre albedrío y… curiosa. Es que no existe el ser humano sin defectos.

Mientras tanto, en las orillas del Mar Rojo, la liberal Lilith llevaba una vida desordenada, licenciosa y llena de lujuria. O sea, perfecta. Su primer amante fue Samael, el ex Ángel de la Fuerza, que antes de rebelarse contra Dios vivía en el Séptimo Cielo –que aún no se había convertido en un hotel de alta rotatividad-, y tenía a su servicio millones de ángeles.

Luego de Samael estuvo con los diversos demonios que pululaban por aquel lugar de orgías y placeres carnales. A medida que la tierra comenzó a poblarse, Lilith se hizo adicta al semen del hombre. A través de los siglos los siguió visitando durante la noche, convertida en un súcubo de formas sinuosas y cabellos rojos. El esperma que caía fuera de la matriz de la mujer le pertenecía, sin importar si era producto de un sueño, del vicio o a causa de un adulterio. Esa simiente la preñaba y no dejaba de parir.
 
El Creador y Dios único, tenía presente la deserción de la primera mujer y decidió castigarla. Cien de sus hijos morirían al día y solo daría a luz lilims, demonios femeninos –como ella misma- también conocidos como súcubos.

En el Paraíso, Adán  seguía extrañando a Lilith, su primera mujer seductora y fogosa, la que jamás se dejó dominar.

Quizás por vengar a Adán, su descendencia masculina sacó, omitió y cercenó el nombre de Lilith de los textos sagrados porque ella, con su cuestionamiento, invitaba a la rebelión.

El pasaje de miles de años por el universo y por este planeta no la hizo desaparecer. Vivió y vive según sus reglas y siendo fiel a su naturaleza lujuriosa. 

 

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