martes, 28 de junio de 2016


Por Amadeo Pellegrini


Siempre cabe una historia menor -más bien anecdótica-, dentro de una mayor. La historia que dio lugar a la otra trama, aconteció en una vieja y amodorrada aldea inglesa en el verano de 1938, -en vísperas de la Segunda Guerra-, en circunstancias muy especiales dentro del revuelo causado por la muerte a los 82 años del anciano vicario de la iglesia local que produjo agitación en torno al sucesor: el reverendo James, un apuesto joven soltero, aficionado a los deportes, de modo especial al tennis jugado en pareja con una de las más bellas feligresas.

No obstante, la tempestad que llenó de pavor a los habitantes se desató a partir de la muerte dudosa de la señorita Cordelia Martín, organista de la iglesia; dama soltera que se ganaba la vida con trabajos de costura, que, en la noche del  14 de agosto, pereció ahogada en el río. La rápida pesquisa policial resolvió el caso como muerte accidental. Dictamen que produjo malestar general en la población, provocando un diluvio de cartas anónimas, que dieron paso a otra dilatada y molesta investigación que concluyó con el descubrimiento y posterior suicidio del autor de los anónimos.

Al margen de esos hechos sucintamente consignados, aconteció el  episodio,  del que participaron como principales protagonistas, Sir Henry, un excéntrico caballero de Londres, aficionado a esclarecer casos policiales, alojado en el Lord Rodney,  uno de los viejos hoteles Túdor, remodelado por su propietaria, la señora Victoria Conklin, dama viuda próxima a la cincuentena, robusta, de buena presencia, afable, complaciente, algo chismosa, adornada además por otras condiciones. A la pareja se agregaba la señorita Marion Tyler, bella morena, sobrina soltera del ama de llaves de la vicaría, que cumplía funciones de secretaria del reverendo James; completando el grupo el vicario en persona, ajeno a  los hechos que siguen, aunque verdadero damnificado, como se verá.

El viernes 12 de septiembre la joven Marion Tyler traspuso la gruesa puerta del Rodney para encontrarse con la dueña del hotel.

-¡Oh querida, qué cara trae hoy!..-Exclamó la señora Conklin al verla- ¿Tan mal andan las cosas?... 

No era secreto en la aldea, mucho menos para la curiosa dama, que la bella muchacha languidecía de amor por el vicario y llegaba en busca de palabras de aliento

-Es que no sucede nada, señora Victoria, ni siquiera se fija en mi, pareciera que no existo para él, -murmuró la muchacha en su oído mientras la saludaba con un beso en la mejilla.

-¡Hum! -Masculló la mujer-. Venga querida vamos arriba, usted esta necesitando mis consejos. -Dijo con firmeza. Marion la siguió por la escalera hasta el piso superior.

En el pasillo que conducía a las habitaciones tuvieron lugar las exhortaciones que la muchacha escuchaba entre azorada y boquiabierta.

-Ocurre querida, que usted ha sido formada por su tía para profesar en un convento, tiene que abandonar todos los remilgos y  seducir… Escúcheme todos los hombres son unos zopencos creídos a los que tenemos que engatusar, ¿me entiende?...

-Es que James es una persona tan formal, tan considerado… -Objetaba Marión.

-¡Un cuerno! –respondió con énfasis la dama- Si es un tímido irresoluto, entonces hay que empujarlo y la mejor manera de hacerlo es excitándolo…

-¿Excitarlo?... ¿No entiendo?... ¿No sé cómo?... –Exclamaba confundida la joven.

-Escúcheme querida niña, es usted demasiado complaciente con él; estoy segura que usted está siempre pendiente de su clérigo para adelantarse a sus deseos… Ese es su gran error, no se olvide que el reverendo por religioso que sea ante todo es hombre y a los hombres hay que hacerlos desear y tenerlos inquietos siempre… ¡Siempre! –remarcó.

-¡Es que no veo cómo hacerlo desear! -Lamentábase consternada…

-¡Ay!... ¡Bendita sea, niña!... No sabe cómo hacerlo desear…¡Usted tiene todo lo que un hombre necesita ardientemente! ¿No lo entiende todavía?... ¡Caramba está llena de encantos femeninos que ya quisiera tener yo!... Mírese de cuerpo entero en un espejo, además de una cara hermosa tiene un busto apetecible, caderas armoniosas, piernas perfectas y sobre todo una hermosa popa, redondeada, tentadora, deseche esa horrible faja que la oprime e imprímale a esas dos masas el natural balanceo que enloquece a los varones… ¿Entiende hija?... o es necesario que se lo explique de otra manera…

En ese preciso instante un desprolijo Sir Henry apareció en el pasillo aproximándose a los gritos: ¿Todavía no han traído lo que pedí a la farmacia?...

-¡Sí! Lo han dejado en la recepción hará media hora… -Respondió la señora Conklin, mientras se inclinaba hacia delante fingiendo estirar las medias.

-¿Una maldita hora esperando ese remedio y lo dice tan fresca? -Vociferó el hombre junto a la mujer al tiempo que le descargaba una sonora palmada en el opulento trasero ordenando: ¡Marche a traerlo enseguida!...

-¡Ay! querido, no necesita ser tan brusco… Ya voy!...

Mientras la dueña descendía los escalones, sir Henry regresando a la habitación, rezongó: ¡Mujeres!... ¡Mujeres tienen que ser!... ¡sólo saben chismorrear!...

La dueña del hotel llamó a la puerta del cuarto 102 y cuando ésta se abrió colocó en la mano extendida de Sir Henry el paquete diciendo: 

-Aquí tiene su pedido, ¡Viejo cascarrabias!... 

Por toda respuesta recibió un fuerte portazo en las narices. Una vez hecha la entrega volvió con Marion, que roja de vergüenza ajena, protestó: ¡Dios mío! ¡Qué hombre tan atrevido y maleducado!

-¿Por qué, querida? –demandó con una sonrisa de pícara inocencia la señora Conklin.

-Por lo que le hizo. Es inaudito, un caballero que se permite… 

No pudo completar la frase; la interrumpió un burlón: 

-¡Pero querida! ¿Qué importancia tiene una palmada?

-¡Oh! No comprendo, cómo no da importancia a un acto tan desvergonzado e innoble.

-Queridita mía, ¿ve que usted no comprende nada? Los hombres se desviven por los traseros femeninos, los enloquece acariciarlos y también palmearlos. La palmada que acaba de darme Sir Henry es todo un elogio y expresión de inconfesables deseos… ¿Acaso no advirtió querida que fingí ocuparme de las medias para inclinarme y ofrecerle el trasero?...

-¡Ohhh! ¡No puedo creerlo! –suspiró Marion estallando de repente en risas que no tardaron en transformarse en carcajadas…

Ambas mujeres continuaban conversando en el pasillo cuando Sir Henry surgió vestido de manera
impecable. Al pasar junto a ellas, la señora Conklin lo detuvo diciéndole:

-Un momento, viejo presumido, lleva torcida la corbata. Antes de recibir respuesta se adelantó comenzando a enderezársela.

Liberado de la mano de la mujer, gruñendo y farfullando incoherencias, Sir Henry inició el descenso. Al llegar al pie de la escalera volviéndose hacia la hotelera con el índice alzado le advirtió: 

-Prepárese porque cuando regrese la sacaré de la cama para darle una azotaina por llamarme viejo  -recibiendo por toda respuesta la alegre risa de Victoria Conklin.

Atónita por lo que acababa de presenciar, Marion Tyler titubeando preguntó. 

-¿Cree que cumplirá esa amenaza? 

Sin dejar de reír, la dama repuso: 

-¿Le cabe alguna duda querida que ese viejo cerdo habrá de darme de azotes esta noche?... No se equivoque, lo hará… como hacía mi difunto marido que no dejaba de decirme: Victoria, si no fuera por tu culo hace tiempo que me hubiera divorciado de ti.

Marion dejó a su amiga con esta última frase repicando en sus oídos: 

-Recuerde querida, cuando logre que su clérigo le palmée el trasero habrá ganado la partida.

…………………………………………………………………………………………….

El lunes 15 de septiembre, por la mañana, una radiante Marion Tyler besaba a Victoria Conklin murmurándole al oído: ¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí! Ante la interrogadora mirada de la hotelera la muchacha prosiguió: 

-El sábado James estaba escribiendo el sermón que pronunciaría el domingo, esperé que me pidiera el té. Después de dejar la bandeja, abrí la ventana, entonces una ráfaga de viento le arrancó los papeles del escritorio, yo me agaché para recogerlos… El se levantó del sillón vino por detrás y me aplicó un sonoro azote…

-Y usted querida no llevaba faja, ¿verdad? Preguntó la posadera.

-Desde luego que no, ni faja, ni otra prensa debajo de la falda como usted me enseñó…

-¡Ay! ¡Cuénteme querida! ¿Qué sucedió después?

-¡Ahhh! Me da mucha vergüenza decírlo, pero James me pidió en matrimonio. Quiere que nos casemos en diciembre después de la Navidad…  

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