martes, 29 de marzo de 2016


¿Por qué siempre es la manzana la protagonista de innumerables historias, leyendas, mitos? Querida y odiada, buscada y codiciada, símbolo de la tentación, del sexo, del poder femenino, de la sensualidad, del conocimiento y la sabiduría. Desde Adán y Eva que robaron la manzana que supuestamente los haría sabios, pasando por las manzanas del jardín de las Hespérides, o la que le hizo perder la carrera a Atalanta, o la que puso Guillermo Tell sobre la cabeza de su hijo, o la que envenenó la bruja de Blancanieves, o la que cayó sobre la cabeza de Newton y le hizo descubrir la ley de la gravedad, por nombrar algunos ejemplos de los más famosos. ¿Es que a nadie se le ocurrió agarrar una banana, o una piña, o una cereza? No señor. Tenía que ser una manzana que traería consigo su historia, más o menos trágica.


Pero hubo una manzana muy especial que desencadenó una de las guerras más famosas y sangrientas. Claro que hay quienes nos preguntamos si fue la manzana o lo que casi siempre está detrás: una mujer. O como en este caso, varias mujeres. ¿Quién tuvo la responsabilidad de la guerra de Troya: una diosa, un mortal, o… la manzana de la discordia? Mejor que el lector saque sus propias conclusiones.

Admito que en este caso (y en muchos otros, por no decir en casi todos) aparecemos las mujeres como responsables; ya sea con forma humana o divina, ya lo hagamos por capricho, venganza, travesura, aventura, celos, envidia… o cualquier otro sentimiento que nos identifique. Pero señores ¿qué sería de sus vidas sin las mujeres y sus “manzanas”? Seguramente tendrían una existencia pacífica pero triste, aburrida, sin sentido, solitaria, estéril; sin nosotras las manzanas serían sólo una fruta más. Por lo tanto, mi conclusión es que sus existencias cobran vida cuando aparecemos nosotras con las tentadoras manzanas.

Si se están interrogando sobre esta historia, puedo decirles que comenzó con una nereida llamada Tetis, hija de Nereo y Doris, y que más tarde se convertiría en la madre de Aquiles. Pues Tetis, ninfa marina y muy caprichosa, se enamoró y se quiso casar con Peleo, el héroe griego. Ya desde aquellos días y a través de siglos y milenios, la encargada de organizar la boda siempre fue la novia, quizás por ser más puntillosa y mejor anfitriona que el hombre. Las que hemos organizado alguna fiesta de casamiento sabemos la cantidad enorme de detalles a tener en cuenta, y puede suceder que algo se escape, como le pasó a Tetis. Claro que su error no fue menor, sino muy grave: olvidó invitar a una diosa. Y ya sabemos cómo se las traían las diosas que no eran invitadas a las bodas: enseguida se enojaban y buscaban venganza. Pues bien, esa vez no fue la excepción. Para colmo de males, la que quedó sin invitación fue Eris, la diosa de la discordia. Así comienza nuestra historia…

Eris no era de las diosas más queridas, precisamente por eso siempre estaba invitada a todas las celebraciones; nadie deseaba enojarla y probar en carne propia su cólera. Cuando se enteró que Tetis y Peleo la habían olvidado, decidió vengarse arruinando la fiesta con su especialidad: la discordia. Pensando sobre qué haría, llegó a la conclusión que no podía ser una pelea común, debía de ser algo importante, así que… ¿Qué mejor que una pelea entre diosas? ¿Y qué mejor motivo que el ego y la vanidad?

El día señalado mientras que se
celebraba la boda, Eris se dirigió hasta el lugar del banquete y dejó en el lugar más visible una manzana de oro con una inscripción: “Para la más bella”. Sonriendo por el resultado que seguramente obtendría, se retiró. Su venganza había comenzado.

A medida que los invitados llegaban, la curiosidad los llevaba a ver la manzana, pero nadie se atrevía a tocarla, preguntándose a quién le correspondería el honor de la tenencia de tan preciado galardón. No pasó demasiado tiempo sin que todas las diosas se la disputaran. Por supuesto que no era por el valor de la manzana, sino por lo que significaba su posesión. Cuando la jerarquía mayor, el padre de todos los dioses, la tomó en sus manos, tres diosas lo acosaron gritando:

-¡Es mía, es mía, me pertenece a mí!

La situación se puso tan tensa que Zeus tuvo aplacar los ánimos. Una decisión como aquella era demasiado compromiso, incluso para él; así que pidió a los invitados que eligieran a la más hermosa, pero fue inútil. Todos, dioses y mortales, rehusaban tamaña responsabilidad. Sin saberlo, los invitados a aquella boda fueron los primeros asistentes a un certamen de belleza, seguramente el de más difícil definición, pues las concursantes eran diosas muy poderosas y con un ego tanto o más grande que su belleza, que por cierto no era poca: Hera, Atenea y Afrodita.

Hera, la reina de las diosas, hermana y esposa de Zeus, protectora de los matrimonios y poseedora de una gran belleza como merecía el padre de todos los dioses. Atenea, hija de Zeus, reconocida por dioses y mortales no solo por su hermosura, sino también por ser la diosa de la guerra, dueña de una gran sabiduría y protectora de las bellas artes. La tercera era Afrodita, hija de Zeus y la espuma del mar, diosa de la belleza, el sexo y el amor.

El dios del rayo y el trueno se vio en un gran apuro al verse solo para decidir, pues el resto de los dioses no quiso intervenir en tan delicado tema. ¿Cómo salir airoso de tan difícil decisión? Su primer intento fue tratar de dividir la manzana en tres partes iguales, pero enseguida recibió el rechazo de esa oferta por parte de las tres diosas que no estaban dispuestas a que otra fuese igual de hermosa que ella. “La más hermosa”, como decía la inscripción de la manzana, debía ser sólo una, y cada una reclamaba el cetro para sí. Sin duda que el pobre Zeus estaba en un duro aprieto del que tendría que ver cómo salir.

La segunda opción le resultó más fácil. Le pasaría el problema a alguien que no pudiera negarse: un mortal. La rápida mirada de Zeus bajó del Olimpo y se detuvo enseguida sobre un bello mancebo que pastoreaba su ganado en el Monte Ida, lugar desde donde luego los dioses contemplarían las batallas de Troya. El pastor no era otro que Paris, un príncipe que ignoraba su linaje, hijo del rey Príamo de Troya y de Ecuba, su esposa. Paris estaba entonces casado con Enone, una ninfa a quien Apolo le había concedido el conocimiento de las virtudes de las plantas, siendo capaz de curar las más difíciles heridas. Ella y Paris eran padres de un niño.

Mientras vigilaba el pastoreo de su ganado, aparecieron como de la nada las tres diosas precedidas del dios Hermes, que actuando como mensajero de Zeus le comunicó a Paris que había sido elegido como único juez, debiendo elegir a la más bella y entregarle la manzana de oro. Yo no sabría explicar el por qué Zeus lo eligió, pero seguramente ese detalle tampoco le interesó al pastor, que al verse rodeado de semejantes beldades, aprovechó para deleitar su vista.

Se dirigió hacia una piedra y tomando asiento les dijo que para ser totalmente justo y ecuánime, debería verlas sin ninguna prenda, por lo que tendrían que quitase todos sus velos. Quizás la más tímida fue Hera, y Paris lo notó.

-Hera… ¿Por qué no se desviste? –preguntó el pastor en tono desafiante y burlón-. ¿Teme que su cuerpo no sea digno de ser mostrado como el de las demás?

Al oír aquello se quitó las prendas rápidamente, pensando que si ese estúpido pastor no la elegía, le haría pagar muy cara su humillación.

Una vez que estuvieron desnudas, Paris dejó la roca y comenzó a caminar alrededor de las mujeres, escudriñando sus cuerpos divinamente perfectos. Luego se alejó y les advirtió que las llamaría a su presencia una por una. La primera fue Hera. Las tres diosas sabían que debían ganar, pues de lo contrario perderían prestigio ante el resto de los habitantes del Olimpo. El joven se acercó a la diosa hasta casi rozarla. Hera podía percibir el cálido aliento del joven pastor muy cerca de su cuello.

-Si me eliges –le susurró Hera- te haré feliz en tu vida, te convertiré en el mortal más rico y poderoso de la tierra. Escógeme y reinarás sobre Asia y Europa.

En tanto la diosa hablaba, Paris observó su cuerpo. Era realmente hermosa, digna de Zeus. Tenía un cuerpo voluptuoso, perfecto para la maternidad: senos grandes, turgentes, deseables, y una cadera ondulante que movía y manejaba con gran sensualidad. El pastor se alejó en silencio, tomando la suficiente distancia como para que no oyera lo que hablaría con Atenea, la segunda en ser llamada.

Mientras se acercaba, Paris admiró el cuerpo atlético de la diosa de la guerra. Cada paso que daba, estampaba los músculos de sus extremidades. La respiración marcaba los abdominales y el vientre, totalmente plano. El ejercicio diario y el adiestramiento había dado su fruto: un físico armonioso, fibroso y fuerte como el del mejor guerrero. Sus movimientos eran gráciles aunque algo faltos de feminidad, sin embargo emanaba una energía y una fuerza increíble. Tenía un atractivo que a Paris le resultaba difícil de definir, aunque en realidad tampoco tenía demasiado interés en hacerlo. Cuando se paró frente a ella y la miró directo a los ojos, la diosa le espetó:

-Si me haces dueña de esa manzana te daré sabiduría, prudencia y virtud. Esos dones te harían famoso y tendrías una habilidad militar única, así podrías conquistar el mundo.

Paris pensó en el valor que tenía para aquellas mujeres el prestigio que les daría la manzana de oro. ¿No se daban cuenta que todas eran hermosas, cada una en su estilo? Volteó en busca de la última “participante”. Afrodita esperaba tendida sobre el pasto, boca arriba, destilando sensualidad. Cuando vio que era su turno, rodó hasta quedar boca abajo y como si se tratara de un felino, sin perder contacto visual con el pastor, la diosa se acercó gateando para luego ponerse en pie, caminando seductoramente hacia el que tenía el poder de elegirla como la más bella. Estaba segura de ganar, porque era la diosa del sexo, del amor y sabía  lo qué querían todos los hombres.

Sin duda tenía un cuerpo espectacular. Desde su larga y abundante cabellera rubia, pasando por su rostro perfecto, la boca sensual e irresistible, los senos descaradamente apetitosos, cintura pequeña, cadera femenina, nalgas redondas, suaves, respingonas, y piernas torneadas como las columnas de un templo. Se acercó con paso gatuno y aproximándose al oído del joven, ronroneó:

-Si quieres poseer a la mujer más bella del Egeo, la más hermosa de todos los tiempos, deseada y pretendida por reyes, príncipes y héroes guerreros, elígeme y será tuya.

Paris se alejó de las diosas en silencio, dirigiendo sus pasos hasta donde Hermes había dejado la manzana de la discordia. La tomó en sus manos y la acarició, sabiendo que allí tenía el futuro prestigio de sólo una de las olímpicas damas. Con estudiada lentitud, se acercó a ellas, creando un ambiente de tensión al que las inmortales no estaban acostumbradas. 

No dijo nada, simplemente se puso de rodillas y bajando su cabeza estiró los brazos, entregando la manzana a la diosa Afrodita. Ante ese resultado, Hera y Atenea, despechadas, comenzaron a amenazarlo con venganzas y represalias tan terribles que asustaron a Paris.

-No temas –le dijo con firmeza Afrodita-, ellas no podrán hacerte daño jamás. Yo siempre estaré para defenderte.

Pero Paris, sin saberlo, estaba sentenciado desde el comienzo al odio y la ira de dos diosas, sin importar a cuál hubiese elegido. Las diosas eran inmortales, pero aunque vivían en el Olimpo, no perdían su condición femenina: sentían celos, envidia, ira, rencor y sólo pensaban en la forma de vengarse del pobre pastor. No comprendían que había elegido a Afrodita por lo que le había ofrecido más que por su belleza, que para él era similar en las tres. Paris sólo pensaba y soñaba con la bella mujer que le había sido prometida, a pesar de no conocerla ni imaginar quién sería.

Podría cortar la historia aquí, pero no quiero. Es una leyenda demasiado grandiosa como para dejarla inconclusa. ¿No tienen curiosidad por saber cómo se conocieron Paris y Helena y sobre todo, cómo se vengaron Hera y Atenea? Pues… Sigan leyendo y se enterarán.

No pasaron muchos días sin que llegara a oídos de Paris que en Troya se celebrarían juegos a los que decidió concurrir para presenciarlos. No fue solo, sino que llevó su ganado al que cuidaba con recelo. Al ver tan excelente ganado, uno de los hijos del rey Príamo de Troya le pidió al pastor que le regalara un toro para ofrecerlo como premio. Paris no quería, pero no tenía salida y tuvo que obedecer.

¿De qué forma podría obtener su toro de regreso? Era el más valioso de todos y no deseaba perderlo, así que se anotó en la contienda y resultó vencedor de todos sus hermanos, incluso de Héctor, el más fuerte. Cuando reclamó el toro, uno de sus hermanos enceguecido por la derrota lo hizo perseguir, y debió esconderse en el templo donde su hermana Cassandra era sacerdotisa. Ella, que tenía el poder de la adivinación, reconoció a su hermano y lo llevó al palacio ante su padre.

Príamo se sorprendió al verlo, pues lo había mandado matar al nacer porque el oráculo había dicho que Paris sería el causante de grandes trastornos y desgracias para su patria. Conmovido por la situación, el rey pensó que quizás habiendo pasado tanto tiempo, la predicción de aquel oráculo habría prescripto. Así que lo invitó a regresar al palacio con su mujer Enone y su hijo; allí Paris fue feliz pero su mujer añoraba la tranquila vida en los bosques. La joven presintió que aquel cambio de vida los haría infelices. Muchas fueron las veces que le rogó en vano a su esposo el regreso al hogar.

Helena y Paris

Una niña y un varón llamados Helena y Pólux habían nacido hacía varios años en Esparta, de un huevo que creció en el vientre de Leda, su madre y esposa del rey Tíndaro. Estos niños nacieron de una forma diferente por ser hijos ilegítimos de Zeus, y por lo tanto, inmortales. Leda tuvo dos hijos más, Clitemnestra y Castor, nacidos de otro huevo. Estos eran mortales por ser hijos de Tíndaro.

Helena y Clitemnestra fueron las mujeres más bellas de la historia de la humanidad. Siendo aún una niña, Helena fue raptada por Teseo hasta que sus hermanos Castor y Púlox la rescataron. Recordemos que en aquellos tiempos la mujer no tenía decisión propia y era poco menos que un juguete en manos del hombre que decidía poseerla, accediendo ella obediente a sus deseos. Generalmente se la consideraba por ese motivo, inocente.

Cuando Helena llegó a la edad del matrimonio, cuatro grandes hombres se la disputaron: Menelao, Filoctetes, Patroclo y Ulises –que aún no había conocido a Penélope-. No era común que una mujer decidiera con quién casarse, pero dado a que no se ponían de acuerdo, pactaron que se comprometerían a acatar la decisión de Helena, y que los no favorecidos cuidarían y defenderían por siempre al elegido, que fue Menelao.

Mientras todo esto sucedía en Esparta, en Troya el rey deambulaba por el palacio pensando en cómo alejar las posibles desgracias si se llegaba a cumplir el oráculo sobre Paris. Fue entonces que llegó un mensajero con la noticia de que su hermana Hesione, que había sido raptada por Hércules y ofrecida a Telamón -príncipe de Salamina que la tomó por esposa- había muerto. Príamo debía enviar a alguien a recoger la herencia. Sí, sin duda fue la excusa perfecta para alejar de Troya a su hijo y al mal que pudiera traerle.

Llamado a su presencia, Príamo le planteó a Paris la probabilidad de que cumpliera la misión de recoger la herencia de su tía, pero además conocer el mundo y vivir las aventuras que le habían sido negadas hasta ese momento. Paris pensó que sería una buena oportunidad para que demostrarle a su padre que era digno de confianza, pero en realidad lo que deseaba y no podía quitar de su mente, era la posibilidad de conocer a la mujer que le había prometido Afrodita.
Enone presintió que si Paris marchaba, todo acabaría. Le suplicó que no se fuera, que sería peligroso, que esa felicidad que tenían juntos podría acabar si él se iba.

-Paris, quédate. No te vayas, no te alejes de tu familia, de tu hijo y de mí.
-Mi querida esposa, sabes que te amo, pero… Siempre soñé con viajar, conocer otros sitios, vivir aventuras… Además ¿qué podría ocurrir? ¿Es que acaso ves algo que yo no veo?

Enone aceptó que ella no tenía el poder de la adivinación; sólo tenía ese presentimiento que tienen las mujeres cuando están seguras que algo pasará, pero nada que lo comprobara excepto un negro presagio en su corazón.

-Presiento calamidades, separación y… hasta muerte.
-No moriré mientras estés conmigo –dijo Paris entre risas-. Tú me curarás si me hieren.

Antes de casarse con Paris, Apolo le había concedido a Enone el conocimiento de la curación de las plantas, por lo que podía curar con ellas y así había salvado muchas vidas, por lo que se sentía seguro de que nada le sucedería.

-Paris, hay algo que tú no sabes. Apolo me concedió el poder de curarte siempre y cuando tu herida mortal no haya sido causada por otra mujer. Tú imaginarás que no te quiero curar, que lo hago por celos, pero en realidad es porque mi poder es limitado.

Pero el joven prefirió ignorar lo que le decía su esposa. Sus pensamientos estaban colmados de infidelidad, de lujuria, de deseos de conocer y poseer a la mujer que le había sido prometida: la más bella de todos los tiempos; ese deseo se le había vuelto obsesivo haciendo que ignorara las advertencias de su esposa.

Enone estaba tan dolida y desolada que prefirió no despedirlo cuando zarpó, sino con anterioridad. Luego regresó luego al monte Ida con su hijo, donde la soledad y la vida sencilla la colmaban más que la turbulenta vida palaciega.

En alta mar, las naves troyanas dirigidas por Paris se cruzaron con las griegas que llevaban a Menelao como capitán, y cada quien siguió su camino sin imaginar que el futuro los enfrentaría como enemigos mortales.

Mientras Menelao navegaba rumbo a la isla de Pilos a saludar a su amigo Néstor, Helena quedó reinando en Esparta como lo había hecho su padre, Tíndaro, que luego había dejado el reino a su yerno.

Cuando Paris atracó en Citerea, Helena fue notificada de aquel acontecimiento en forma inmediata, pues no era común que una flota troyana visitara tierras griegas. Mujer al fin y picada por la curiosidad, la reina organizó una expedición para, supuestamente, hacer un sacrificio a Artemisa en su templo. Dejó a su pequeña hija Hermione en manos de las nodrizas y con su séquito de doncellas marchó a Citerea. ¿Sería tan guapo ese príncipe troyano como se lo habían descrito?

Apenas desembarcaron se hizo llevar hasta el templo de la diosa, donde entró presurosa. Un cuerpo varonil, grande y musculoso, la hizo rebotar atrapándola en el aire antes que cayera y ayudándola a ponerse en pie. Paris y Helena quedaron enfrentados, mirándose a los ojos en el más completo silencio. El tiempo se detuvo en ese instante, la historia tomó nota del encuentro y el dios Destino abrazó las urnas fatales de los futuros amantes, mientras dictaba órdenes a las parcas para que tejieran los hilos de la vida y el destino del troyano y la griega. Fue un encuentro grandioso, la colisión entre una pasión que como tal no tendría razones ni sentido, pero que tenía un sino forjado de antemano.

¿A dónde puede llegar la ansiedad de un hombre por poseer una mujer? Creo que la respuesta está en Paris. Después de verla y conocerla, la pasión descontrolada del joven hizo que su único pensamiento se convierta en obsesión. No era capaz de pensar y menos aún de razonar. Dejó de interesarle la herencia de su tía, la misión encomendada por su padre, y ni siquiera recordaba a su esposa o a su hijo. Su mente se llenó de un nombre, un rostro y una figura femenina: Helena. La excitación era por parte de ambos, pues la joven sólo pensaba en volverlo a ver para seducirlo, olvidando esposo, familia, trono y país. Deseaba sentir el calor de aquellos brazos fuertes que la habían protegido, la tibieza del aliento tan cálido y envolvente como la brisa del Egeo, sus cabellos dorados enmarcando una cara perfecta, los ojos del color del mar y las manos fuertes, ávidas de ella. Se sentía deseada como nunca, y a su vez deseaba poseer y ser poseída por aquel troyano con cuerpo de dios y rostro de príncipe.

La reina lo recibió en el palacio con todos los honores dignos de un príncipe y embajador de un país amigo: tuvieron un festín grandioso para Paris y toda la tripulación, donde fueron atendidos y obsequiados con todo tipo de manjares y vinos de la mejor calidad. Para devolver la cortesía, Helena aceptó la invitación del capitán de visitar su navío, acompañada de su séquito. Helena era suficientemente hermosa como para no necesitar vestimenta especial o perder horas ataviándose para lucir más grandiosa, pero aún así lo hizo. Apareció en el barco deslumbrante y fue recibida con todos los honores por Paris y su tripulación que se postraron a sus pies, admirando y adorando la belleza de la homenajeada.

La fiesta comenzó, y entre el fragor de los amores y los vapores del vino, los barcos se hicieron a la mar llevando en sus entrañas el más valioso tesoro imaginado por un hombre: la mujer más bella de todos los tiempos junto a su séquito de doncellas.
 
¿Era Helena conciente de que estaba siendo “raptada”? ¿Era rapto o huída? Pensemos una vez más que en la mente machista de esa época, las mujeres no tenían pensamiento propio y se limitaban a obedecer al hombre que las mandaba y dominaba. O al menos, eso creían ellos, pero mujeres de la talla de Helena o de su hermana Clitemnestra, o de Atalanta, Safo de Lesbos y muchas más, hacen que dudemos de esa teoría machista. Posiblemente Helena tenía muy claro qué estaba haciendo cuando tomó la decisión de subir a la embarcación de Paris. Sabía que estaba dejando a Menelao y cambiándolo por la frescura y el vigor del joven pastor. Sin duda se había enamorado de la belleza de Paris y no dudaba en abandonarlo todo por seguirlo. Pero dejaré que cada uno saque sus propias conclusiones y juzgue a la pareja como crea conveniente, mientras nos meteremos en la intimidad del lugar donde se hallaban los protagonistas.

¿Cómo sería hacer el amor con la mujer más hermosa de todos los tiempos? Eso estaba por descubrir Paris mientras besaba y recorría la piel suave y tersa de la reina. La promesa de Afrodita se estaba cumpliendo y el joven no tenía más deseo que hacer suya aquella mujer, que gemía tímidamente ante los embates del vigoroso y excitado mancebo. Fue una larga espera que estaba dando sus frutos. Las naves navegaban tranquilas por las aguas del Egeo, mientras que en su interior el amor y la pasión hacían volar a los integrantes de aquella pareja, subiéndolos a las estrellas o sumergiéndolos en profundos abismos. Luego de amarse varias veces, conociendo cada una de las células de la piel de su pareja, se volvieron a amar una vez más. Bajo el cuerpo de Paris, Helena se convertía en arcilla que envolvía perfectamente sus muslos, eran cóncavo y convexo, complemento perfecto en el sexo y el amor. Cuando Helena estaba encima de su hombre, se convertía en un águila con las alas desplegadas para volar hacia el éxtasis de la pasión; Ave Fénix, domadora de monstruos de un solo ojo, felina de largos cabellos, amazona con caballo desbocado al que sólo ella podía frenar…

Los días siguientes fueron igual de fogosos para la pareja. La juventud, el ardor, la pasión y el esperma urgente del príncipe hacían que vivieran pensando en amarse una y otra vez. Los amantes no subían a cubierta más que en las noches, y sólo por un rato.

Una mañana la pareja subió a cubierta con ganas de jugar y compartir la felicidad que ellos tenían. Habían estado hablando y decidieron subastar a las doncellas de la reina. La algarabía de los marineros era notoria, y todos estaban dispuestos a participar. Pero para que fuese algo justo, la reina había puesto una condición: la elección se haría al revés de lo habitual, sería la doncella quién eligiese a su dueño. Los días que habían pasado juntos, habían servido para conocerse, pero aún así, quiso la reina que los marineros mostraran claramente sus “cualidades y virtudes”, para que luego no hubiese quejas, así que se quitaron todas sus prendas y permitieron que las mujeres eligieran sin pudores a su futuro dueño y esposo. Hubo quienes eligieron a los más dotados, pero también se habían forjado algunos amores. En los casos en que un hombre era codiciado por más de una mujer, él decidía finalmente con quién quedarse y la que quedaba libre debía buscar otro candidato.

Sentados en la cubierta en sendos tronos, Helena y Paris disfrutaban el espectáculo y reían felices, mientras la flota seguía viaje con rumbo certero. Cuando llegaron a la isla de Grane se dispusieron a desembarcar. Paris bajó a un bote donde recibió en brazos a Helena. No tardaron mucho tiempo en instalarse y formar una población. Paris y Helena se casaron y residieron en la isla por mucho tiempo, sin pensar en otra cosa que no fuese ser felices. Tanto uno como otro se olvidaron de todo y de todos.

Pero no todo sería felicidad e inconciencia.
 
Una tarde como tantas, Paris caminaba por la isla cuando ante él se aparecen Hera y Atenea, que sin darle explicaciones lo llevan al Olimpo y lo arrojan a los pies de Zeus. El joven, al darse cuenta dónde estaba y ante quién, se pone de rodillas saludando al dios de los dioses. El dios, visiblemente enojado, caminaba alrededor del príncipe hasta que se paró ante él. La bofetada que cruzó la cara de Paris resonó fuertemente. El joven guardó silencio pues imaginaba el motivo del castigo.

-Eres una vergüenza, mortal –dijo Zeus enojado, mientras que arrojaba rayos hacia la tierra y vociferaba terribles maldiciones-. ¿Es que acaso no tienes códigos? ¿Es que no recordaste que Helena tenía dueño y que pertenecía a tu anfitrión aunque él no estuviera presente? Raptaste a Helena, te la llevaste, olvidando además que yo, Zeus, el padre de todos los dioses, fui el padrino de la boda de Helena y Menelao, por lo que me veo en la obligación de cuidar esa pareja. Menelao ofreció sacrificios en mi honor, me pidió ayuda y no puedo ni se la quiero negar.

Paris estaba perdido y no podía huir. No sabía qué castigo le impondría el dios, pero debía aceptar todo, aunque no quería. No sabía si hablar o callar, nunca había sido demasiado seguro y tenía miedo de lo que le podía pasar.

-Recibirás un fuerte castigo pero no seré yo quien te lo aplique, estoy demasiado enojado para hacerlo, así que le pedí ayuda a mi esposa Hera y a mi hermana Atenea. Creo que ustedes ya se conocen ¿verdad? –dijo Zeus con un tono de voz burlón.
-Claro que nos conocemos y muy bien –respondió Hera.
-Este pastor nos hizo desnudar para mirar nuestros cuerpos y luego despreciarnos –dijo Atenea con un tono que a Paris se le antojó de venganza.

Estaba perdido. Zeus quería castigarlo y las diosas querían venganza, no tenía salvación. Entonces recordó a Afrodita y la invocó. La diosa apareció de inmediato.

-¿Qué sucede aquí? –preguntó incrédula la diosa más bella.
-Sucede que he mandado traer a tu protegido para castigarlo, y ni tú ni nadie podrá impedirlo –bramó Zeus.
-Mi diosa Afrodita, invoco tu ayuda porque tú prometiste cuidarme, me dijiste que no me pasaría nada jamás.
-Y así es, no permitiré jamás que Hera y Atenea te dañen, pero no es este el caso. Aquí el que te está castigando es Zeus, no ellas que sólo acatan las órdenes que se les da. Yo cumplí con el pacto: la mujer más bella fue tuya. Tuviste un deseo y se te cumplió, pero… nunca pensaste o mediste las consecuencias que traería el cumplimiento de ese deseo, Paris. Rompiste un código sagrado como es yacer con la esposa de tu anfitrión. Y no conforme con eso, también la raptaste. Fue tu error y no puedo hacer nada por ti.

La hermosa diosa desapareció con la misma celeridad que había aparecido, mientras que Atenea arrastraba al hombre hasta un costado y lo ataba abrazando una columna. Sin decir nada lo despojó totalmente de sus vestiduras mientras que Hera, parada tras él, comenzó a azotarlo. Nunca había sido azotado y cada golpe era de un dolor increíblemente agudo. No supo cuántos azotes recibió, pero fueron muchos.

Lo dejaron descansar un rato antes de desatarlo para cambiarlo de posición. Esta vez levantaron sus brazos dejándolo atado en puntas de pie. Mujeres al fin, sabían cómo excitar al joven hasta llevarlo al momento del orgasmo, impidiendo luego la eyaculación, lo que le producía grandes dolores en sus testículos.

-¿Disfrutaste mucho humillándonos, mortal? –le susurró Hera-. ¿Recuerdas cuando me dijiste que si mi cuerpo no era lo suficientemente hermoso para mostrarlo? Eso me molestó mucho… sólo quería que lo supieras.

Se acercó a Zeus y le dijo algo en voz baja. “Tienes mi permiso”, contestó el dios sonriendo. Fue entonces que Hera soltó al joven y le hizo ponerse en cuatro patas, obligándolo a pasearla sobre su espalda, ante las risas humillantes del dios y Atenea. Cuando se cansó lo hizo salir a la intemperie y quedarse allí hasta que fuera llamado. Quizás fue el cuerpo dolido, quizás el cansancio, pero a pesar del frío no tardó en quedarse dormido.

No supo cuánto tiempo pasó. De repente se vió convertido en un caballo y fue obligado a tirar del carro de Atenea, recibiendo sendos latigazos sobre su lomo. Sin saber cómo, pasó de ese estado a estar formando parte de una jauría de perros, persiguiendo un jabalí para después tirarse a los pies de Atenea, que lo castigaba y despreciaba mientras lo enviaba a quedarse con los demás perros… El poder de Zeus era grandioso y lo estaba utilizando con él; sólo esperaba que en algún momento el dios le permitiera regresar a la tierra.

Estuvo varios días siendo usado como animal de carga o perro y castigado con o sin razón y durmiendo en el suelo. Una vez se despertó y fue arrastrado hasta una sala donde estaba sucediendo una orgía. Zeus le puso un collar de esclavo y gritó:

-Este esclavo es nuevo, y está listo para ser usado por quien lo desee…

Un grupo de bellas mujeres se acercaron a él obligándolo a satisfacerlas. Tuvo que hacer uso de su lengua, manos, miembro… Era agradable, pero no le dejaban descansar. Cuando lograron dejarlo exhausto, se retiraron. Pero no quedaría solo…

Pericles era un hombre que gustaba sodomizar a otros hombres. Paris era hermoso, y tenía un cuerpo tentador. Sus nalgas pétreas y jóvenes fueron la tentación que decidieron a Pericles a poseerlo. 

Jamás Paris había hecho algo así, a pesar de ser una práctica común. Su pareja circunstancial era alguien experimentado, pero no sería paciente con un esclavo que estaba sólo para servirlo. Tomó un poco de aceite para hacer más fácil la penetración y procedió. El joven sintió un dolor desgarrador y lanzó un grito violento. Los embates de Pericles junto con el dolor y el cansancio, hicieron que Paris aflojara sus músculos, lo que permitió, en cierto modo, sentir de otra forma la violencia de la que había sido objeto. Nunca había sentido esas sensaciones que, si bien habían comenzado como un castigo, terminaron siendo placenteras.

Pasaron varios días antes que Zeus devolviera al joven a la isla. Cuando lo hizo, Paris le confesó a su amada Helena el motivo por el cual el dios lo había castigado, pero jamás le contó cómo había sido el castigo.

Esta historia fue el comienzo de la guerra de Troya; la leyenda de la manzana de la discordia termina aquí. Si es que les ha gustado, volveré con otro mito, otros personajes, otra historia y… otra manzana.

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