domingo, 13 de abril de 2008

autora: anitaK[SW]

Dicen que el Maestro llega cuando el alumno está preparado. Como ya expliqué en el post anterior, siempre tuve reprimida a la sumisa, pero había llegado la hora de liberarla. Aquella noche Sir Williams me colocaría el collar de consideración y comenzaría mi camino como sumisa.

Las indicaciones que me dio eran básicas y de fácil comprensión: vestido negro, ropa interior negra y unos juguetes que yo tenía. Durante la cena no me fue fácil sostener su mirada, sus ojos verdes pretendían hipnotizarme, lo que me obligaba a bajar la vista para recuperar fuerzas y poder enfrentarlo nuevamente.

Camino al hotel me preguntó si tenía una hoja de papel, algo donde se pudiera escribir. Pensé que querría hacer alguna anotación personal así que le ofrecí lo único que tenía: una boleta de compra con la parte de atrás en blanco. Estaba levemente arrugada y mal doblada, pero no le dio importancia a esos detalles.

Al entrar en la habitación me indicó que fuera al baño, me quitara las bragas, me colocara el plug que yo misma había llevado y esperara a ser llamada. Era la primera orden que recibía y no pensaba discutirla. No le estaba hablando a la spankee (que hubiese protestado sin pensarlo), sino que la orden era para la sumisa que yo pretendía ser. Obedecí al pie de la letra. Al colocarme el plug y estar sin ropa interior sentí un poco de temor de que se me cayera, pero eso no era lo peor, sino que estaba logrando lo que yo suponía: humillarme. Era una orden tan humillante como excitante.

Mi cabeza era una maraña de emociones encontradas. Sentía confusión, miedo a lo desconocido, intriga, algo de sometimiento y una pizca de dominación. Todo eso mezclado en un brebaje que yo tomaba a grandes sorbos. Me sentaba y me paraba por miedo a que se me saliera el plug; esperaba y pensaba mientras trataba de descifrar los ruidos que provenían de la habitación...

Las preguntas se agolpaban en mi mente y chocaban unas con otras… ¿Qué es una sumisa? ¿Cuál es la diferencia con la spankee? ¿Estaba segura de este paso? ¿Qué me esperaría de ahora en más? ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Sería el mundo de la sumisión y del BDSM lo que siempre había pensado, o sería cómo me lo describía Sir Williams?

Y Sir Williams… ¿Sería un Amo perverso? ¿Sería el mundo del BDSM tan terrible como lo imaginamos los spankos? Cada segundo presentaba nuevas dudas, cada momento era una encrucijada entre quedarme parada con los ojos vendados en del nuevo camino o aceptar que él me dirigiera, entregarme y confiar.

Además, era demasiado tarde para huir, mis piernas no me responderían, pero… ¿quería huir realmente? No, por supuesto que no. Tal vez mi cuerpo deseara correr, pero mi mente y mi espíritu sólo deseaban entregarse.

La puerta chocó con mi cuerpo al intentar abrirse. El que sería mi Amo notó mi turbación y me preguntó cómo me sentía. ¡Ja, linda pregunta! Como si fuese fácil explicar aquel torrente de ideas y emociones. Así que tomé el camino corto y le contesté: “bien”.

-¿Tenés puesto el plug?
-Sí Señor
-Bien... más vale que no se te caiga –me dijo con una mirada dura pero dulce a la vez, mientras estiraba su mano para guiarme fuera de ese recinto.

Sus manos estaban cálidas y al estar en contacto con él me calmé. Me invitó a salir y recordé “las puertas del Sr. Pérez” de Carlos Trillo y Horacio Altuna (gracias Señor Modesto!), donde al abrir la puerta del baño se introduce en sus sueños y fantasías. Y aquí iba yo a hacer realidad mis sueños mas ocultos... tras los pasos de mi Amo por primera vez.

La habitación estaba en penumbras, pero la cantidad de velas estratégicamente dispuestas en diferentes puntos, le daban calidez y romanticismo al ambiente. Todo eso me cautivó… ¿Era esta la terrible mazmorra del Castillo del BDSM?

Me llevó hasta el borde de la cama y empujó mis hombros hacia abajo. ¿Quería que me arrodillara? Lo miré fijo a los ojos y me dijo: “arrodillate”. Lo hice. Me hizo recoger el pelo y me colocó el collar que desde ese momento estaría en mi poder, bajo mi custodia, por lo que debería cuidarlo y honrarlo. Ese sencillo acto fue una delicia de sensaciones, pero lo que más quiero destacar es el sentimiento de pertenencia.

Rocé el collar con la yema de mis dedos. Era simple y elegante, con una argolla en el medio que unía las dos tiras de cuero, remachadas por con dos tachas del mismo color que la argolla. Eso era el exterior, lo que se veía. Pero... ¿qué sentía yo interiormente? ¿Que amaba a mi Amo? No, no todavía. ¿Que le pertenecía? Sí, más que antes. ¿Que era suya en cuerpo y alma? ¡Ja! Ni en sueños. Entonces... ¿porqué me sentía diferente, especial, feliz, etérea, cuidada, mimada, dominada y... sí, sometida a pesar de que él no había hecho absolutamente nada aún, “sólo” colocarme el collar?

Desde el momento en que me propuso ser su sumisa, había estado leyendo bastante sobre los collares: tipos, significados, etapas, contratos... Ese era mi collar de “consideración”. Comenzaba la primera etapa donde mi Amo vería mis aptitudes y actitudes para considerar si yo reunía las condiciones para ser su sumisa o no, y considerar yo si esto era lo que yo deseaba y si era Sir Williams quien seria mi Amo .

Separando el dormitorio del resto de la habitación, había un pequeño muro sobre el que descansaba un escaparate de vidrio. Mi Amo me llevó hasta ahí y me señaló un papel y un lápiz. Reconocí inmediatamente el papel: era la boleta que había encontrado en mi bolso.

-Quiero que escribas el contrato. Será un contrato sólo por esta noche.

Lo quedé mirando... ¿Redactar yo un contrato de sumisión?

-Pero Señor... yo no sé cómo hacer eso.
-Simplemente escribí tu nombre, tus límites, decí que el contrato es por el día de hoy y agregá todo lo que desees...

Sin saber mucho qué hacer, tomé lápiz y papel y lo apoyé sobre el mueble de vidrio, que me quedaba a una altura perfecta.

-¡No! ahí no... -Su voz resonó como un trueno en el silencio de la habitación- ¡Acá! –dijo arrancando el papel de mis manos y poniendolo sobre el muro. Su actitud dominante me fascinó.

-Pero me queda muy abajo, me tengo que agachar mucho –repliqué yo inocentemente. Sonrió, y sin apartar sus ojos de mí me dijo: “Esa es la idea”.

No hizo falta que agregara nada más. Comprendí inmediatamente que en esa pose me quería. En silencio comprendí que aquella era, aunque muy leve, mi segunda humillación. En una pose incómoda, agachada, con la cabeza baja, estaba escribiendo en pocas palabras mi entrada en la sumisión. Hoy leo el contrato y me parece muy tonto, porque lo es, pero también es una joyita porque su sola vista me trae gratos recuerdos.

Una vez con el contrato en la mano, lo miró y me miró. Su cara dibujó una sonrisa que aún hoy me pregunto si fue de sorna, de burla, de simpatía o… no sé.

No quiero entrar en detalles íntimos, pero sí quiero destacar que el bondage que me hizo, a pesar de no ser demasiado complicado, me gustó y me excitó muchísimo. Pero también hizo que me sintiera torpe y humillada una vez más. Nunca había sido atada de esa forma y mis quejas llegaron a sus oídos. No podía ver sus ojos pero los imaginé echando chispas cuando me dijo con voz dura y potente:

-¿Te estás quejando?

No. No podía admitir que me quejaba. Pero en su sabiduría y experiencia supo cómo aliviar aquella incomodidad. Momentáneamente claro, porque estaba a punto de llegar… mi primera prueba de spanking en el BDSM.

El rebenque fue demasiado para mí. Admito que hubo una micra de segundo que estuve a punto de gritar porque el dolor fue mucho, pero el placer lo superó. El estado emocional era muy fuerte, la mezcla de sensaciones, emociones y vivencias hizo que por primera vez lograra llorar.

Mi Amo no lo sabe pero… confieso que le robé cada uno de esos azotes, me quedé con ellos y pienso no regresárselos nunca más. Son míos, me pertenecen y están guardados bajo llave en mi memoria y en mi corazón…

Recuerdo las velas, la cera cayendo y dándome la sensación de que me perforaba la carne y la piel, roja por los azotes y sensible por tantas emociones. Pero entonces llegaba su mano fresca, sus dedos rozándome y sus uñas raspándome. Sólo por eso, por sus mágicas caricias, valió la pena sentir el calor de la cera.

La posición en que me encontraba me quitaba la visión de su persona, y eso hacía que mi oído, mi tacto y mi olfato se agudizaran más.

Su voz con diferentes tonos, convertida en trueno o en susurro envolvente me convierte en su cautiva toda aquella dulce noche. Sus ojos, su verde mirada se me hizo irresistible al punto de no poder sostenerla. Y su aroma, el olor a “él”, me embriagó como el más exquisito perfume…

Esa noche hubo un poquito de todo: bondage, humillación, spanking, cera y alguna cosa más. Pero además de todo eso, lo importante fueron las emociones vividas, los sentimientos que quedaron grabados en mi mente, y los recuerdos que guardo en mi corazón.


El collar de consideración cambiará en estos días por el de entrenamiento. Ese será otro momento, otro contrato, otros sentimientos y otras emociones, pero... con el mismo Amo, caminando juntos hacia mi completa sumisión.

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