viernes, 25 de septiembre de 2009

25 de setiembre… su cumpleaños Señor.

Hace días que vengo pensando qué decirle, qué escribir y me está costando más de lo que creí. Y no es porque no tenga nada para decir, sino quizás porque tengo demasiado. Y no quiero caer en el típico “feliz cumpleaños”, o en el “felicidades por muchos años más”, o cantarle virtualmente las mañanitas mexicanas… Y no porque no le desee todo eso, sino porque quiero otra cosa, aunque aún no tenga muy claro qué.

Me he sometido a usted, mi Señor, durante más de un año y medio porque siempre me ha respetado. Primero como ser humano, luego como mujer y finalmente como sumisa. Por ese motivo ha logrado que deposite en usted toda mi confianza y mi entrega.

Como Amo se introdujo en mi mente y en mi corazón desde el momento que acepté ponerme bajo su cuidado y control, y así conoció mis anhelos, sueños y pasiones.

Durante meses se mantuvo atento a mis reacciones, miedos, necesidades, emociones y sentimientos de sumisa. Creo que con solo mirarme puede dejarme desnuda ante usted, porque puede leer mi mente, mi corazón y ver a través de mi alma como quien mira al fondo de un estanque cristalino.

Aunque me cueste creerlo, sé que quiere y respeta mi cuerpo, y que ve mi belleza en mi inteligencia, mi mente, mi alma. Todo eso me da un brillo y luminosidad especial cuando me convierto en su sumisa en el momento de la entrega.

Aun recuerdo aquella vez que me llamó “mi joyita” por primera vez, diciéndome que era su tesoro más preciado. Durante este año, mi Señor ha cuidado mi cuerpo, mi mente y mi alma; mi integridad física y síquica porque al confiar quedo desprotegida, pero allí está mi Amo para convertirse en mi refugio.

El juego de la humillación jamás me degradó, sino que ha servido para elevarme en cada escena, porque estoy segura de mi misma, fuerte y orgullosa de ser mujer y sumisa, una sumisa que espera la dominación de su Amo, a ese hombre fuerte y controlador al que le ofrezco mi sumisión, mi honestidad, confianza y fidelidad.

Yo me entrego, pero mi Señor también lo hace abriéndome cada vez más su alma y su corazón, esperando que su sumi adivine sus deseos y esté a su disposición y a su orden como lo está una esclava de su Amo

Durante este tiempo le he ofrecido mi mayor tesoro: mi entrega para que me domine con plena conciencia de mi parte, y agradezco que acepte haciéndose responsable con la alegria y la humildad de los grandes Amos.

Mi Señor, cuando me arrodillo ante usted por propia voluntad, usted me domina. Sé que así, agachada, arrodilla, postrada ante mi Señor, me convierto en el más grande de los tesoros para mi Amo, porque lo que se ofrece libremente no puede comprarse ni tomarse por la fuerza…

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