domingo, 18 de noviembre de 2012

A una nariz
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.
Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Francisco de Quevedo (1580 – 1645)
No sé por qué, pero cada vez que leo este soneto pienso en el personaje de Edmond Rostand: Cyrano de Bergerac. Y cada vez que pienso en Cyrano, viene a mi memoria el actor que, para mí, mejor lo ha personificado: Gerard Depardieu.

No, no crean que voy a hablar sobre estas obras. Tampoco sobre estos personajes. Mi post de hoy pretende hablar sobre cuánto influye en nuestras vidas lo que cada uno ve como un defecto físico. Tener narices grandes, dientes grandes, labios gruesos o finos, orejas de Dumbo, mucha cadera, senos grandes o pequeños, ser petiso y gordo o flaco y alto, tener pelo enrulado o muy lacio… etc, etc, etc. Cada uno sabrá qué es lo que le molesta de su físico.
Yo he luchado toda la vida contra mi obesidad. Lo primero que me dice la gente cuando me conoce es: “¡pah! ¡Qué grandota que sos!”. Esa frase la he oído desde que tengo uso de razón… Y no me cae muy simpática. “No sos tan gorda, lo que pasa es que sos muy grande…”.
Siempre quise ser bailarina de ballet. Sonará tonto pero es verdad. Y que Rudolf Nureyev y Mikhail Baryshnikov agradezcan desde el más allá que nunca se me ocurrió, o iban a estar en problemas para levantarme… Bromas aparte, yo admiraba la elegancia de los pasos, esa sensación de ser etérea, de tener brazos de cisne, dar pasos de gacela y mover las manos como mariposas… Por lo general, queremos ser lo que no somos ni podemos llegar a ser. Y en vez de gastar dinero y energía en ser lo que no somos, nos perdemos de disfrutar lo que sí somos y tenemos. Como en el cuentito de “El verdadero valor del anillo”, dejamos que otros nos digan cuánto valemos, en vez de valorarnos nosotros mismos, los únicos capacitados para hacerlo.
En el BDSM, ¿cuántas veces permitimos que otros nos valore? “Ah, pero yo quería un Amo alto y joven”, dice la supuesta sumisa cuando conoce al Amo que supera los cuarenta. “Disculpá, pero mi sumisa debe ser joven, delgada, con experiencia y sin límites”, dice el Dominante cuando conoce a una sumisa con sobrepeso o con edad para ser abuela…
“Fulana tiene pechos grandes, pero no me sirve para sesionar: tiene problemas de columna”, dice le dice un master a otro.
“El sumiso Tal es muy viejo, tiene como cincuenta años. Es feo y no tiene plata para hacerme los regalos que me gustan”, comenta la dómina
“Amo XXX sabe, pero es muy joven. Yo quiero un Amo con experiencia”, dice la sumisa que empezó en el BDSM hace dos semanas.
“En cambio ZZZ Dominante… es muy veterano. Y tiene panza. Y es bajito. Y…”, dice la esclava Gor.
“sumis@ tal es lo mejor que conozco, pero está muy por encima de su peso. Es gord@”
La lista es infinita. Cada uno de ustedes le agregará la frase que desee, pero el resultado siempre es el mismo: dejamos que el otro decida si me quiere o no. Espero que no se mal interprete lo que digo: por supuesto que el otro siempre va a decidir si me quiere de compañera o no, pero si esa persona me eligió a mí, la última palabra la tengo yo. Y viceversa.
Pero… ¿con qué derecho el otro intenta humillarme sacando a relucir ese defecto que tanto me duele? Sí, mi Amo me puede humillar dentro del juego y dentro de los límites que pactamos. Pero hasta ahí. Que sea mi Amo, no le da derecho a lastimarme, o a dejar mi autoestima a la altura del felpudo. El tiene la obligación de respetarme y yo el derecho de hacerme respetar cuando no se están cumpliendo los límites o soy conciente que me está haciendo daño.
Todo esto es porque, quizás como muchos de ustedes (sobre todo las sumisas mujeres), estén cansados de ver fotos de sumisas “perfectas”, que se separan mucho de la realidad. Por suerte para todos, hay mucha gente joven, hermosa, con cuerpos divinos, con rostros perfectos… que no son lo que vemos comunmente cuando vamos a una reunión. La mayoría de las mujeres tenemos algún kilo de más, somos muy altas o muy bajas, tenemos caderas grandes, etc. Y los hombres son grandes o muy jóvenes, delgados (sin tablita de ravioles en el abdomen), o con sobrepeso, con poco pelo, con mucho vello… o qué se yo.
Entonces, mi pregunta es: ¿qué busco cuando busco un/una compañero/a de sesión, o Amo/a, o sumiso/a? ¿Un modelo para foto o alguien que me haga vibrar, que goce con mi entrega, que me modele o que me permita modelarlo a mi antojo, que confíe en mi totalmente, etc?
¿Qué es más importante para mí: su físico o su mente? ¿Qué me importa más: qué tenga XX años o que tenga cerebro para entregarse a mí y yo a esa persona? Por supuesto que yo no saldría con alguien que me desagradara físicamente, pero al menos me daría la oportunidad de conocerlo y ver cómo es “por dentro”.
No estoy haciendo apología de la obesidad. Es una enfermedad de las más dañinas que existe. Pero esta foto me encanta, porque más allá de los kilos puedo ver entrega, valor, confianza… Veo la belleza desnuda de una sumisa para la que quizás, sacarse esa foto haya sido una ofrenda de entrega para su Dueño. Y para Él, ella posiblemente sea SU JOYA MÁS VALIOSA.


anitaK[SW]

miércoles, 14 de noviembre de 2012

A veces nos alejamos de una persona o de una actividad porque estamos cansados de luchar, o de trabajar en vano, o porque las cosas no se dan como queremos. A veces ponemos demasiadas expectativas en el resultado o en lo que espero que la otra persona haga, pero… Rara vez se da el resultado que quiero. Y entonces vienen las decepciones… “Yo pensé que Fulanito haría tal cosa…” “Lo que tendría que haber hecho Menganito era…”. Pero como es lógico, el otro hace lo que quiere y no lo que yo quiero que haga.


Hay circunstancias donde se juntan más de un motivo para que se produzca un alejamiento que puede ser temporal o permanente. En mi caso fue un alejamiento temporal, porque este es mi lugar, dentro del mundo del BDSM. Pasé demasiados años de mi vida buscando vivirlo, y ahora que lo tengo no lo quiero perder.

Entré a este mundo y tuve mi primera sesión como spankee hace 7 años, el 22 de noviembre del 2005. Un día mi Amo me preguntó:
-¿no te aburriste del Spanking?

-¿Cuántos años fue Spanker usted? – respondí.

-Unos treinta… y me aburrió.

-Yo fui spankee dos años… y todavía no tuve tiempo de aburrirme.

Es verdad. Todavía no me cansé ni del Spanking, ni de la sumisión, ni de las sesiones, ni de la relación D/s. Sí estoy algo cansada de algunas personas dentro del ambiente, pero… tengo claro que no las puedo cambiar. A la única que puedo hacer cambiar, con mucho trabajo, es a mí misma.

La sumisión es una parte muy importante de mi vida, pero no la MÁS importante. Podría decir que para mí es una necesidad básica. No es de supervivencia, pero es básica como el sexo, el sentido de pertenencia, la intimidad, la autoestima, o la seguridad entre otras. Por eso estoy regresando, porque necesito volver y volcar aquí mis sentimientos, mi forma de pensar y mi manera de ver y vivir el BDSM.

No crean que el descanso fue improductivo. No, nada de eso. Estos meses de ausencia los aproveché para terminar mi libro, registrarlo y darle los últimos toques. Ahora viene la peor parte: encontrar alguna editorial que esté dispuesta a arriesgarse conmigo… Si alguien sabe de alguna, me avisa.

No voy a volverme loca escribiendo, tengo mucho trabajo y poco tiempo, pero… espero escribir al menos dos o tres post por mes.

Gracias por quedarse a mi lado…

Para terminar, repito las palabras del poema de Rudyard Kipling:

“…descansar acaso debas,

pero nunca desistir…”

  anitaK[SW]

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