viernes, 23 de mayo de 2008

Hace más de un mes que firmamos el contrato de sumisión. No quiero aburrirlos volviendo a contar que buscando hacer el contrato “perfecto” cometí una tontería que como siempre, la reconozco después de hecha. Fueron horas perdidas, eso sin contar el aburrimiento de los dos amigos que actuaron de testigos aquella noche, escuchando con infinita paciencia el interminable contrato. Admito que mi ego está herido y espero poder perdonarme, porque mi Amo ya lo hizo desde el momento en que me permitió continuar para que aprendiera de mi propia experiencia y yo sola me diera cuenta de mi error. Así que hoy no les voy a hablar de todo esto, sino que quiero concentrarme en otro aspecto de esa noche.

Viajé un par de días antes desde Montevideo hasta Buenos Aires para estar preparada para ese día. Metí en la maleta los elementos de siempre teniendo mucho cuidado con el contrato, al que coloqué en un lugar especial para que no se arrugara, empacando con el mismo cuidado y amor el collar de ceremonias con las iniciales de mi Amo, la pulsera con placa identificatoria con mi nombre y su collar, los pendientes en forma de salamandra que él me obsequió y como sorpresa me había comprado un anillo con la misma figura. La ropa estaba perfectamente acomodada en las correspondientes bolsas, así como la ropa interior y el calzado, todo en estricto color negro. Yo sabía que todo esto eran simples detalles, que sí incidían porque formaban parte de la ceremonia y porque quería agradar a mi Amo, pero no era lo más importante.

La mañana era gris y había bastante niebla. El buque que cruza el Río de la Plata, el río más ancho del mundo, y une Montevideo con Buenos Aires en sólo tres horas, salió en horario. Me ubiqué sobre uno de los ventanales mientras adivinaba el Cerro de Montevideo camuflado entre la niebla. El barco comenzó a alejarse y mi pensamiento también.

Había tomado una decisión y quería estar segura de ella. Ya era sumisa de Sir Williams, pero este paso era más importante que el anterior. No era una “pisadita de pollo” como las que había dado hasta ahora, sino que era algo que para mí tenía un sentido trascendental. No era un juego, era un compromiso.

El barco avanzaba, abría el agua con velocidad, casi con violencia. Es un barco rápido, muy veloz, casi tanto como mi deseo de avanzar en la sumisión. Se me ocurrió hacer una comparación: que yo era quien manejaba ese barco navegando entre la niebla y que mi Amo navegaba en un pequeño velero. Pero… él tiene experiencia y sabe cómo navegar; conoce las aguas, maneja la brújula, sabe exactamente a dónde se dirige y cómo llegar. En cambio yo… me siento como manejando esa veloz embarcación sin tener la menor idea de barcos, ni de brújula, ni timón, ni cartas de navegación ni nada. Sólo sé que voy para allá, para adelante.. y me lanzo con mi usual impulso y arrojo. Pero allí está mi Amo, delante de mí, andando muy despacio. Sé que no va despacio porque no sabe, sino para “obligarme” a andar despacio a mí. A él le interesa mi educación, así que navega suavemente para que yo vaya al ritmo que debo ir y no al que deseo. Y yo lo acepto y se lo agradezco.

A veces le pido determinadas cosas, y él ni siquiera me regala una mirada, simplemente me dice: “No anita, todavía no estás preparada para eso”. Sé que es así, pero… esta ansiedad que me domina muchas veces también me nubla la mente.

En dos días firmaría el contrato de sumisión. ¿Qué significa eso? Significa que le entregaré la capitanía de mi barco. Significa que en los meses de consideración estudió mi persona y mis límites. Significa que estoy dispuesta a entregarme a él con todo mi cuerpo. Mi cuerpo será suyo como si viviésemos un 24/7, y mi mente y mi alma le pertenecerán en los momentos en que estemos juntos.

Y allí vino la pregunta que me había hecho mil veces… “¿estoy enamorada de mi Amo?”. Y la respuesta fiel y franca es “No”. Entonces… ¿por qué estoy dando este paso tan importante?

Mi mente era un torbellino de pensamientos encontrados. La niebla espesa había entrado en mi cabeza y no me permitía aclarar las ideas. ¿Por qué yo quería entregar tanto a un hombre que no amaba? ¿Por qué confiar tanto en él? Hacía más de dos años que lo había conocido en los grupos de Spanking, y después de muchos meses de silencio había reaparecido y nuevamente me había sentido atraída hacia él como un trozo de metal es atraído por un imán. Luego lo conocí personalmente una tibia noche de diciembre, cuando me sentí impactada por ese hombre enigmático, misterioso, sobrio, divertido y bromista dentro de su seriedad, impresionantemente inteligente, y con unos ojos verdes capaces de trasladarme al séptimo cielo o hacerme descender al último infierno… ¿Estaba dispuesta a abandonarme en aquel ser humano con el que compartí varios días de mi vida? ¿Me entregaría sin reservas a él? Sí, sí, sí… la respuesta afirmativa no se hacía esperar y me resonaba en el cerebro como para convencerme de lo que ya estaba convencida.

Sí, ese hombre sería mi Amo porque todo mi ser: mi mente, mi cuerpo y mi alma me estaban gritando que esa era la persona correcta, era quien yo estuve esperando durante mucho tiempo. “¡Pero no lo amas!”, me gritaba la parte racional de mi mente. “Sí, el amor se dará con el tiempo… o no. Lo importante es que sé que estoy con la persona adecuada, con la que me llevo bien, con la que me siento segura, protegida, querida, guiada, con la que me siento como la joya que soy para él, con la que me trata como una reina… Estoy segura que es el Capitán a quien le puedo dar el mando de mi buque con la seguridad que lo llevará a buen puerto, al mejor, al que quiero arribar: al de mi completa sumisión”, respondió mi parte emocional.

La niebla seguía espesa, pero ya estábamos llegando. La luz de un pequeño faro me hacía guiñadas indicándome que estaba en el camino correcto. Me acordé de Jorge Drexler y la canción que ganó el Oscar:

“Clavo mi remo en el agua
Llevo tu remo en el mío
Creo que veo una luz
al otro lado del río…”

Mi remo será el de mi Amo. Para mí la guía, el principio del camino de mi total entrega y sumisión estaba allí: al otro lado del río.

domingo, 11 de mayo de 2008

Yo lo sabía... Sabía que el momento de firmar un contrato llegaría a su debido tiempo.

Hace poco más de un mes mi Amo me preguntó si quería seguir adelante con la relación, si estaba dispuesta a dar el siguiente paso. Le contesté que sí sin dudarlo, por fin entraría en la etapa del entrenamiento. Para entrar en esta etapa siguiendo el protocolo del BDSM, habría que firmar un contrato de sumisión, y era yo quien debía redactarlo según me dijo mi Amo.

La idea me asustó un poco, pero… ¿para qué está San Google? Allí me dirigí y en segundos tenía ante mí varias opciones, ejemplos de contratos que otros ya habían usado y que los ponían en exposición para que, en casos como el mío, pudieran servir de ejemplo o ser copiados tal cual. Pero… unos eran muy concisos, y otros muy extensos, ninguno me convencía totalmente. Tenía el pedido de mi Señor y varios modelos a elegir, pero aún así no lograba dar con lo que yo quería.

Mi Amo eligió uno simple, demasiado simple para mí. Dejaba muchos “vacíos”, muchas cosas sin cubrir, sin explicar. Así que busqué y entre varios armé un contrato de chiquicientas páginas. No quería dejar nada sin poner, sobre todo mis límites y mis obligaciones.

Hoy, a menos de un mes de haber firmado el contrato, me doy cuenta de mi error y de mi tontería. Me tengo que perdonar a mí misma por mi inexperiencia, y cuando lo haga también le pediré disculpas a mi Amo, aunque él está claro en este tipo de cosas y simplemente me deja hacer hasta que yo me doy cuenta de mis errores. Entonces él, simplemente me mira y sonríe...

Para poder explicar mi “descubrimiento”, permítanme compartir con ustedes algo que me sucedió hace unos años. Una vez, un abogado entrado en años y con mucha experiencia, me hizo un contrato para un negocio. Al leerlo, ví que tenía varios puntos que no se habían cubierto, así que me dirigí al letrado y le dije que ese contrato estaba incompleto, que le faltaba tal y cual cosa. Recuerdo que me miró y se sonrió, pasó su brazo sobre mi hombro y me dijo: “Ana Karen… nunca va a encontrar un contrato que cubra absolutamente todo. Le voy a decir algo: cuando firme un contrato, fíjese que tenga lo básico, lo imprescindible, pero… no es tan importante el contrato en sí como la persona con quien lo está firmando. Si la otra persona es un jodedor, no habrá contrato que la salve. Si la otra persona es un ser humano derecho, el contrato pasará a ser un mero formulismo casi sin importancia”.

Lo recordé demasiado tarde, pero lo recordé, y creo que llegó el momento de que mi Amo me mire y sonría, porque sabe que confío en él plenamente. Con o sin contrato de por medio.

anitaK[SW]

lunes, 5 de mayo de 2008

Hace unos días en un programa nostalgioso de la radio, pasaron esta canción que solía escuchar de niña interpretada por un cantante chileno: Rosamel Ayara. Se llama “propiedad privada” y quizás alguno de ustedes la recuerde:

Para que sepan todos a quien tú perteneces,
Con sangre de mis venas te marcaré la frente.
Para que te respeten aún con la mirada
Y sepan que tú eres mi Propiedad Privada
Para que aprendan todos a mirarte con ansias
Y que conserven todos respetable distancia
Porque mi pobre alma se derrite de celos
Y no quiero que nadie respire de tu aliento
Porque siendo quien eres no me importa más nada
Que verte solo mía, mi Propiedad Privada
Que verte sólo mía, mi Propiedad Privada

Al repasar esta letra no pude menos que pensar en mi Amo. Me puse a reflexionar entonces que en la vida cotidiana podemos ver con cierta frecuencia carteles en terrenos o casas que dicen “Propiedad privada – No pasar”. Un símbolo similar es para mí el collar de mi Amo. Cuando firmo anitaK[SW] es como colocarme un cartel imaginario que dice “Propiedad Privada”.

El collar es sólo un símbolo, pero cada vez que lo uso me siento perteneciente a Él, y cuando no lo uso… también. Entonces es responsabilidad del Amo que se dirige a mí hacerlo con el debido respeto, pero… he comprendido que también es mi responsabilidad el darme mi lugar si el otro, Amo o no, quiere tomar un sitio que no le corresponde, o hace insinuaciones que no son respetables.

Desde antes de entrar al mundo de la sumisión y también dentro de él, una de las cosas que Sir Williams más me destacó fueron los Códigos no escritos que existen en el BDSM. Hay Códigos de Honor y de Respeto entre sus miembros, se conozcan personalmente o no. Uno de estos Códigos, quizás el que más llamó mi atención, fue el del respeto de un Amo por las posesiones de otro Amo. Si una sumisa o esclava lleva el collar de un Amo, es obvio que es de su pertenencia, que es “propiedad privada” y ningún Amo que se precie de tal se atrevería siquiera a hacerle una insinuación. Pero lamentablemente no siempre es así.

Quizás se pregunten ustedes el por qué de este post. Y la respuesta es que sentí la necesidad de escribirlo porque hay “pseudo” Am@s que ignoran totalmente el collar que ostenta el/la sumis@, con una total falta de respeto y de ética por los Códigos no escritos pero sí sabidos del BDSM.

Sé que no estoy diciendo nada nuevo y pido disculpas por ello. Pero no me gustaría que piensen que las sumisas o esclavas que somos totalmente noveles en el BDSM no conocemos estos códigos o peor aún, que somos capaces de romperlos, porque personalmente lo tomo como una ofensa, ya que interpreto que la persona que hace la insinuación está pensando que yo soy capaz de no cumplir con mi palabra. Y eso me ofende.

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